A 50 años del golpe en Brasil, sus hijos buscan memoria

Por Magalí Heredia 

Bahía Blanca

Somos hijas e hijos de las historias que nos parieron. La historia de la dictadura en cualquier país, es la de hombres y mujeres que fueron atravesados en su humanidad, que marcados para siempre ya nunca volverán a ser los mismos. Todos perdieron algo. Hay quienes la vida, hay quienes la dignidad, hay quienes la inocencia. Hay quienes aunque muertos vencieron y quienes aún vivos siguen sin nacer.

Os Filhos da Dita (Los hijos de la Dictadura) teatraliza en una obra de una hora 50 años de historia en Brasil, incluidos los 21 que duró la dictadura. Dos actrices de Arlequins, un grupo de teatro independiente del vecino país, se dispone a contar cómo la vida del pueblo brasileño cambió para siempre a partir del 1 de abril de 1964.

Mientras el público de a poco va ocupando sus lugares y las luces aún no se apagan, una joven mujer embarazada comienza con trabajo de parto en un palco de la sala principal.  Sollozando entre gemidos de dolor recibe el manto rojo que se abre entre sus piernas, y se cubre de él. Ahí están, nacieron…. Son os filhos da Dita.

A los pocos minutos ingresa a la sala Ana María, que luego tendrá un rol protagónico junto a Camila, la actriz más joven de la obra. Con talante de anfitriona nos adelanta que indagarán sobre la situación político-social en el período que antecedió al golpe, el ambiente político en el que fue gestado, las circunstancias de cómo fue impuesto y sobre las huellas que dejó la dictadura, todavía palpables en la sociedad brasileña. Nos invita a seguirla, y así caminamos por los pasillos del centenario Teatro Municipal detrás de bambalinas hasta sentarnos sobre el escenario, facilitando la proximidad que propone la obra.

En el piso sólo unos borcegos militares dispuestos simétricamente. En uno de los laterales, tres baúles que harán de banquetas, de maletas, de lechos de tortura y muerte. La simpleza de los elementos armoniza con la torrencial energía desplegada por las dos actrices brasileñas. Un equilibrio de espacios y luces que realza el protagonismo del relato, de las voces y los cuerpos que de un momento a otro cantan, danzan, aman, odian y sufren.

Es reverenciable el talento de parir frente a extraños una historia que nació para ser contada. Una historia que precisó antes ser vivida. Una historia en busca de memoria. La verdad llega con la fuerza del mar y lo que debe ser dicho supera incluso la barrera del idioma. Porque aunque por momentos el portugués de Ana Maria dificulta la comprensión de sus líneas, el portuñol de Camila resuelve la tensión y, fundamentalmente, las actuaciones genialmente sincronizadas de ambas aplastan cualquier duda.

Planteadas las circunstancias del golpe, los guionistas Éjo de Rocha Miranda y Ana Maria Quintal, elevan la apuesta con un interrogante que repiten cual eco: “¿Orden para qué progreso?”. Una comunicación telefónica en inglés parodiando la digitación del tablero político desde Washington, así como fragmentos de los discursos que reproducían los medios abonando la premisa de que la dictadura era una condición necesaria para la democracia, son presentados como elementos que describen la impronta del plan puesto en marcha en esos años.

Las protagonistas avanzan a través de una línea de tiempo representada por una soga que atraviesa la sala. Arrastrando un pesado baúl, se dirigen hacia “la apertura de la democracia” que pregonaba la derecha en sus campañas. Hacen pausas en las que comentan con inteligente ironía hechos como la (mala) suerte de Tancredo Neves quien siendo el primer presidente civil después de 21 años de dictadura, murió sin poder asumir, gobernando su vice José Sarney hasta la primera elección directa en 1989.

Los presidentes y sus vices se suceden en una cronología narrada con precisión histórica, mientras Ana Maria hace las veces de general, de “señora bien”, como antes de torturador y asesino. Por momentos, zarpa en su rol de presentadora nuevamente y pone otro ladrillo a la obra, la comprensión de que el consumismo es hijo de la dictadura. Así, bajito, canta ácidamente “…no soy libre pero soy feliz, no soy libre pero soy feliz”. Y sigue: “Nos industrializamos sobre botas y cuando producimos, producimos miseria”, “El país va bien lo que va mal es el pueblo”.

Camila en una celda sucia y oscura, piensa la paz. “Que la paz esté con nosotros, pero no la paz del cementerio ni la del dolor”, reza. Y con profunda dignidad agrega: “Alguno va a saber que yo existí…lo que más duele es el dolor de perderse el mundo”. Insaciable, el torturador replica “Estúpidos… lo que no saben hacer es morir para siempre”.

Las dictaduras acaban pero las consecuencias permanecen y nosotros, pueblos latinoamericanos, somos sus hijos. Esa es la semilla de conciencia que Os Filhos da Dita busca plantar en la audiencia. Y lo logra magistralmente. Apela a observar lo perfecta y exitosa que fue la dictadura en instaurar el miedo y edificar el consumismo. La línea “no soy libre pero soy feliz” ilustra esa resignación consentida del mundo capitalista. La avaricia solapada de prorrogar una realidad material insostenible. Acaso un acto de inconsciencia colectiva.

Al finalizar, Ana Maria Quintal y Camila Scudeler, junto al director Sérgio Santiago, invitan al público a conversar. Mientras llegan las preguntas, Sérgio destaca que una particularidad de la dictadura brasileña fue el decisivo respaldo que la sociedad civil le prestó, garantizando así su éxito en imponer la lógica del miedo y en consumar su aprendizaje. Luego reflexiona sobre el efecto en cadena que desata el miedo. Afirma que el miedo permite la explotación de los trabajadores, que esta produce violencia, la que a su vez produce miedo. De esta manera -plantea- el miedo se realimenta a través del tiempo.

También menciona que era habitual en tiempos de dictadura escuchar decir que en Brasil regía una “dictablanda”, aludiendo a que el régimen militar contaba con el respaldo político de ciertos sectores democráticos, pero que “no fue así como la vivimos”. Sérgio explica que la obra apela continuamente a las emociones porque ellos mismos son parte de la historia que se narra y ni querrían ni podrían eludir esa vital circunstancia.

Alguien en el público les informa que cada 24 de marzo Argentina conmemora el inicio de la dictadura militar-eclesiástica-civil en el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Camila, celebra la noticia y recuerda que en Brasil sigue vigente la Ley de Amnistía de 1979 que impide juzgar a quienes cometieron crímenes de lesa humanidad. Cuenta que cada vez que se habla sobre la necesidad de derogarla se alzan voces en oposición y que “el tema no está en los medios sino que hay que buscar lugares para hablar de esto, por eso lo que buscamos con la obra es llamar la atención y dejar la cuestión planteada”.

Ana Maria agrega que Comisión Nacional de la Verdad, creada a fines del 2011 por la presidenta Dilma Rousseff –quien fue encarcelada y torturada bajo el régimen militar-, investiga violaciones a los derechos humanos ocurridas entre 1946 y 1988, período que incluye la dictadura militar (1964-1985), sin que sea posible todavía juzgar los crímenes cometidos.

Os Filhos da Dita se presentará el 19 de marzo en el Auditorio Kraft (Florida 681, Ciudad Autónoma de Buenos Aires) en la tercera edición del ciclo “Marzo, Mujer y Memoria”. Una cita imperdible para repensar nuestro presente latinoamericano y seguir construyendo Memoria.+ (PE)

Foto: Arlequins

SN 0436/14

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