Homenaje a Luis Odell. Ecumenismo: El Desafío de La Unidad y La Reconciliación

El último pedido de Jesús

Por Oscar Bolioli (*)

Montevideo

En los últimos momentos antes de que vengan a arrestarle, Jesús se dedica a orar por aquel grupo de discípulos y por los que vendrán. Él percibe la unidad como un tema vital para que el mundo crea en ese mensaje que es su legado de vida y pensamiento. Ya Jesús había sido testigo de disidencias entre ellos. Quizás la más notoria haya sido la que plantean los hijos de Zebedeo frente al anuncio de la muerte del Maestro y pretenden los primeros cargos en aquel Reino anunciado.

“Que sean uno como tú y yo”, es la oración agónica de Jesús por los suyos. Casi todo el resto del capítulo 17 está dedicado al tema de la unidad de esa comunidad y de las que vendrán en el tiempo. ¿Dónde estamos? ¿Qué hemos hecho de esa oración? La realidad que vemos se asemeja más a un supermercado religioso, producto de cismas, territorialidad, tradiciones, ambición o luchas por quiénes pretenden ser los verdaderos.

La Iglesia está formada por seres humanos y, por lo tanto, expuesta a su humanidad. Nietzsche decía en forma muy explícita: “Yo no puedo creer en su Redentor hasta que ellos, sus discípulos, no se muestren más redimidos”. La fracturación es resultado de lo humano. Lo que no es posible aceptar desde la fe es la ausencia de las señales de reconciliación que nos lleven al testimonio del valor de esa fe. Hay comunidades e iglesias que han dado valerosamente pasos que han llevado a la unidad.

El Movimiento Ecuménico que comenzó el siglo pasado en el hemisferio norte ha sido uno de los mayores esfuerzos de reconciliación entre las grandes familias confesionales. Esfuerzo interrumpido en su cristalización por la Segunda Guerra Mundial, pero que resurge a su término con la formación del Consejo Mundial de Iglesias. Ernst Lange fue para mí una de las mentes más brillantes que pasó por el Consejo Mundial de Iglesias. En su libro “Y todavía se mueve, sueño y realidad del movimiento ecuménico”, percibe el movimiento ecuménico como el mayor movimiento cristiano masivo de protesta contra la forma de cristiandad que con sus alianzas y con sus poderes se ha transformado en lo opuesto a lo que debe ser.

La Conferencia Misionera de Edimburgo en 1910 marcó, sin quererlo, un punto de partida fundamental para América Latina en cuanto a la unidad. La tesis votada en aquel evento a iniciativa de los delegados alemanes declaraba que esta región del mundo estaba ya cristianizada por la Iglesia Católica. Eso llevó, a modo de protesta, a treinta juntas misioneras norteamericanas a reunirse en Panamá, cuatro años más tarde, para conformar el Comité de Cooperación para América Latina. Este fue un instrumento “civilizado” de cooperación de la misiones en el continente. Comité que sesenta y seis años más tarde me tocó dirigir en Estados Unidos. Luis Odell considera “que puede decirse que allí se dio comienzo al movimiento de cooperación evangélica en el continente”.

El CCLA fue la antesala del ecumenismo latinoamericano. Las consultas de Montevideo en 1925 y las de La Habana en 1929 fueron planteando temas como el concepto protestante de libertad, democracia, educación, así como la modernización de nuestras sociedades. El tema de las comunidades indígenas y la unidad de acción de las confesiones locales van cambiando el perfil de nuestras iglesias. Este proyecto liberal fue abrazado por las clases intelectuales y se va a encontrar con procesos nacionales emergentes, de una modernización de nuestras sociedades y de alternativas al control de la cultura católica.

Las generaciones jóvenes viven la utopía del diálogo y la unidad. En 1941 se crea la Unión de Juventudes Evangélicas (ULAJE) -que es el primer movimiento ecuménico en la región-. Poco después, se instala en el continente el Movimiento Estudiantil Cristiano (MEC). Algunos de esos jóvenes -veinte años más tarde- serán protagonistas en la creación del Movimiento Iglesia y Sociedad en América Latina (ISAL) y del Comité Evangélico Latinoamericano de Educación Cristiana (CELADEC). Ambos empiezan a incorporar intelectuales católicos que vienen de corrientes similares al interior de la Iglesia Católica. Hasta ese momento las Iglesias Institucionales eran recelosas de esos “movimientos” impulsados por laicos y pastores. Se les denominan “paraeclesiásticos” como una forma de marcar distancia de las estructuras eclesiales que siguen un proceso de diálogo interno paralelo por medio de la construcción de Federaciones de Iglesias nacionales o regionales.

Dios nos coloca en tiempos de desafíos y oportunidades, con dolores y heridas de divisiones.

En su libro “Ecumenismo y Liberación”, Julio de Santa Ana dice: “En medio de esa tensa realidad están las Iglesias. Expresión del pueblo redimido, liberado y reconciliado en y por Jesucristo. Recibiendo la vocación de plasmar relaciones fraternas entre sus miembros y entre ellas, para así mostrar a los que viven en división cómo Dios quiere a todo su pueblo, de la tierra habitada, que viva en unidad”.

Los que estuvimos en la Consulta de Laicos y Laicas en noviembre, en el Centro Emmanuel, fuimos sacudidos cuando el Politólogo Gerardo Caetano nos planteó que nuestra sociedad uruguaya “ya no está dividida, sino pulverizada” y que nuestro aporte como Iglesia Metodista, en este momento, está en plantear valores y crear códigos de convivencia. No es una tarea fácil, y peor hacerlo desde la fragmentación de la Iglesia. Es una tarea que nos involucra a todas las iglesias. El desafío está en cómo hacerlo cuando la unidad y lo ecuménico no están en la agenda de las iglesias. Cuando por otro lado estamos viviendo una oleada de “iglesias” que se plantean como las únicas y verdaderas y con un mensaje manipulador ante las angustias humanas.

Cuando ingresé al pastorado hace 56 años me encontré en un escenario que planteaba la unidad de la Iglesia Valdense y Metodista en ambas márgenes del Río de la Plata. Este planteo era llevado adelante por el Pastor Wilfrido Artús y nuestro Luis Odell. Más tarde se adhirió la Iglesia de los Discípulos de Argentina. Esto lo mencioné a principios de febrero en el Sínodo Valdense, luego de leer los informes y documentos, porque encontré que si cambiaba donde decía valdense por metodista, sería idéntico a lo que podíamos afirmar nosotros. Aquel sueño nunca se concretó, quedó por el camino. Pero todavía es tiempo que nos unamos en la misión. Hay muchas cosas para hacer juntos o para complementarnos.

Deberemos abrir los ojos a la realidad que nos rodea y al tiempo de Dios y, con mentes abiertas, reconocer cómo juntos podemos hacer un aporte que haga la diferencia. Debemos estar abiertos a que la unidad significa crecer en el caminar con libertad, aceptándonos en nuestras diferencias. No hay formas únicas. No hay quién tenga la verdad o la autoridad absoluta. Dios es más grande que nuestras pretendidas grandezas. El futuro reclama una unidad que se consuma en la construcción del Reino que nos incluye a todos y todas.

No quisiera terminar sin recordar la entrega y la coherencia de un laico nuestro, Luis Odell, en lo que significó su aporte a la unidad y al movimiento ecuménico, no solo en nuestro país sino en la América entera. Este año se cumplen quince años de su fallecimiento en España. Nunca tuvo un reconocimiento acorde con su dedicación. La Junta Nacional de nuestra Iglesia decidió el siete de marzo rendir un homenaje a su memoria y dedicación al promediar el año, cuando podamos contar con la presencia de sus hijos.

Dios nos ayude a poder ser fieles al pedido del Jesús Nazareno de vivir en unidad y poder dar testimonio para que el mundo crea.+ (PE)

Publicado en Revista Metodista Nro. 213 abril-marzo 2015. Editado en PE/Ecupres el 2 de abril de 2015 bajo el SN 0763/15

Ver Un recuerdo para Luis Odell  SN 0871/15; Pistas hacia el rol del laicado SN 0872

SN 0873/15

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