Microcosmos y macrocosmos

Por Guido Bello Henríquez (*)

El Jagüel. Buenos Aires.

En el recorrido del evangelio de Marcos, siguiendo el leccionario ecuménico, habíamos leído el domingo pasado un texto de Jesús concentrando su actitud y su mensaje en el microcosmos de un niño, al que pone en medio de los doce discípulos que vienen discutiendo quién de ellos era el más importante:

Si alguien quiere ser el primero, deberá ser el último de todos, y servirlos a todos. El que recibe en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, no solamente a mí me recibe, sino también a aquel que me envió.([1])

Mensaje teológico desde lo pequeño hacia lo más grande, desde un niño –y vaya si en esos tiempos eran de segunda o cuarta categoría los niños y con más crudeza las niñas– desde este niño “insignificante”, les dice y nos dice Jesús, accedemos al sentido más profundo de él y al mismo Dios.

Desde la vivencia y experiencia de un niño, desde las palabras asombradas y asombrosas de los niños, desde las ansias de vida de una niña, desde las entregas confiadas de los pequeños, desde ese microcosmos maravilloso que es un niño se nos ofrece Dios mismo, el Dios eterno, el Creador.

Niño por cierto vivo, no ahogado ni publicitado en una playa de Turquía; niña no golpeada ni explotada ni abusada; y cualquier niño de la guerra y todas las niñas de la paz. Sin disquisiciones teológicas ni metafísicas, sin argumentaciones económicas ni cálculos políticos. El niño comienzo de vida abierta.

Y entonces tenemos el texto del próximo domingo, que deberíamos leer en la secuencia narrativa y discursiva del Evangelio, para sorprendernos con el macrocosmos de Jesús, nunca mezquino sino amplio y generoso:

Juan le dijo: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no es de los nuestros.”

Jesús contestó: “no se lo prohíban, porque nadie que haga un milagro en mi nombre, podrá hablar mal de mí. El que no está contra nosotros, está a nuestro favor. Cualquiera que les dé a ustedes aunque sea solo un vaso de agua por ser ustedes de Cristo, les aseguro que tendrá su premio.” ([2])

Deben haberse dado cuenta Marcos y su hermandad en esas primeras comunidades cristianas, unos cuarenta años después de la muerte y resurrección de Jesús, que empezaban a darse las primeras señales de sectarismo entre ellos, atisbos de mentalidades cerradas, actitudes de creerse dueños de la verdad, inquisidores en defensa de las ortodoxias.

Y por eso quedan en los registros de los tres evangelios más narrativos –Marcos, Mateo y Lucas­– estas dos respuestas sorprendentes de Jesús: recibir a un niño es recibir al mismo Dios, y los que no están contra nosotros están a nuestro favor. Si queremos ser los primeros debemos ser los últimos, y ser servidores de todos. Y entonces todos los que van con nosotros, son de los nuestros.

No ortodoxias sino ortopraxis. Vamos por la vida, comenzando por proteger las vidas de los más pequeños, de los más débiles, de los que quedaron abajo en esta cancha inclinada de la competencia humana. Y vamos con todos, con todas, sin preguntarnos por la camiseta, ni por el partido, ni por el estandarte religioso.

Macroecumenismo de Jesús: que crezcan trigos y aparentes cizañas, ya llegará el tiempo de la cosecha, por ahora no nos dedicamos a botánicas de clasificación y de exclusión. Ustedes siembren y siembren sobre piedras y entre malezas, que también caerán algunas semillas sobre buena tierra, y con eso basta para el milagro de las espigas llenas.([3])

Pero tampoco se trata del todo vale como en el cambalache que mezcla Biblias y calefones, burros y grandes profesores. Hay opciones y hay prioridades. Primero los niños con toda su carga de sacramentalidad: el sacramento de los pobres, de los débiles, de los marginados, de los que cargan con los demonios del odio y de la indiferencia.

Y segundo, que Dios es más grande que la sinagoga, más grande que la iglesia. Que la iglesia es –cuando le da en el clavo– señal y anticipo del reino de Dios y su justicia, nunca fin ni finalidad.

Que en el día de la cosecha resultará que hubo quienes dijeron “¿cuándo te vimos con hambre y te dimos de comer?” y el Rey les contestará: “todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron”. ([4])

El microcosmos de un niño que nos pinta la prioridad del servicio. El macrocosmos de la humanidad, el escenario histórico de Jesús, la puesta en escena de todos los que construyen humanidad y unidad con Jesús.+ (PE)

(*) Pastor de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina. Educador.

[1] Evangelio de Marcos 9, 33-37. Biblia Dios habla hoy.

[2] Id., 9.38-41

[3] Evangelio de Mateo 13.1-30

[4] Id.,25.31-46.

SN  0909/15

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