El Sínodo convertido en un miniconcilio

Por Pedro Siwak (*)

Buenos Aires.

Algunas consideraciones importantes en el marco de la proximidad del Sínodo de la Familia, que se realizará del 4 al 25 de octubre de este año.

Los periodistas que siguen los avatares de la segunda etapa del Sínodo que se celebrará en octubre coinciden en pronosticar la continuidad de las asperezas protagonizadas el año pasado e incluso la posibilidad de que se agraven. Se repite así el clima que ya se dio medio siglo atrás, durante el Concilio Vaticano II, en donde se debatieron los mismos principios: el apego a la tradición o la adaptación a un mundo con grandes transformaciones.

De todas maneras primaron normas diferentes, porque en la década del ‘70 se evitaron cuestiones tabú y en esta ocasión el papa Francisco dio amplias libertades para considerar materias que en la Iglesia se han venido soslayando, como la homosexualidad y el divorcio. Se dice que con este sínodo se pasa del miedo de hablar al temor de callar.

Habría que recordar que el sínodo de la Iglesia católica fue creado durante el Concilio Vaticano II con el propósito de reunir periódicamente a más de un centenar de obispos de todo el mundo para evaluar algunos problemas eclesiales de actualidad y elevarlos a la consideración del Papa, quien daría o no una última palabra sobre el tema considerado.

Desde 1967 a la fecha hubo 25 sínodos que se celebraron en un clima fraternal y cordial. Ninguno llegó a levantar tanta polvareda como el que tuvo lugar en octubre último sobre “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización”. El documento final conocido como Relatio Synodi, al abordar la readmisión a los sacramentos de los divorciados, obtuvo 104 votos favorables y 74 en contra. El punto 55, que hace referencia a los homosexuales, obtuvo 118 consensos y 62 votos en contra. En ninguno de los dos casos se logró las dos terceras partes de los votos necesarios.

Obtuvo la mayoría requerida del total de los votos (155 contra 19) el punto en el que se lee: “También las situaciones de los divorciados que se han vuelto a casar exigen un atento discernimiento y un acompañamiento de gran respeto, evitando un lenguaje y una actitud que los haga sentir discriminados y promoviendo su participación en la vida de las comunidades”.

El nuevo texto de la Relatio sobre los homosexuales quedó redactado de esta manera: “Algunas familias viven la experiencia de tener en su interior personas de orientación homosexual. Al respecto nos hemos interrogado sobre cuál atención pastoral podría ser oportuna frente a esta situación, refiriéndose a lo que enseña la Iglesia: ‘No existe fundamento ninguno para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia’. Sin embargo, los hombres y las mujeres con tendencias homosexuales deben ser acogidos con respeto y delicadeza. ‘En relación con ellos se evitará cualquier marca de injusta discriminación’ (Congregación para la Doctrina de la Fe)”.

Tradición y actualización
En el fondo de la cuestión, las dos posiciones tienen distintas raíces: las Escrituras, por un lado, y la actitud pastoral ante quienes se considera que violan normas cristianas, por otro.

En la Iglesia católica la tradición occidental (romana) es casi unánime en entender que la indisolubilidad del matrimonio no admite que, tras un fracaso de los esposos, puedan éstos volver a casarse y, en consecuencia, comulgar. Pero al mismo tiempo, en algunos países la distancia diagnosticada entre lo que la jerarquía enseña y lo que los católicos practican, es enorme. El magisterio, en este campo, está desacreditado. Los católicos en un alto número no practican la moral sexual predicada por la Iglesia ni tampoco les parece razonable.

Sin embargo, la tradición a este respecto conoce algunas variantes. Ya en la tradición bíblica hay matices en la comprensión de la indisolubilidad y se habla del privilegio paulino y del petrino. Estos matices dieron lugar a interpretaciones diversas en la historia de la Iglesia. Orígenes, por ejemplo, aceptó un segundo matrimonio como un mal menor. Y en 1981, Juan Pablo II en Familiaris Consortio propuso a los divorciados vueltos a casar la abstinencia sexual como condición para poder comulgar.

Es muy importante, además, que la Iglesia católica considere la práctica de las iglesias orientales que aceptan o toleran una segunda y una tercera unión matrimonial. Es decir que interpretan de distinta manera las palabras de Jesús: “Lo que Dios ha unido que el hombre no lo separe”.

Otros paradigmas de familia

Los cambios producidos en el concepto tradicional de la familia son incuestionables en los países occidentales. Hay jóvenes que se preguntan: ¿Por qué casarse? ¿Cuál es la razón de ser del matrimonio como institución religiosa (y también civil)? ¿Qué es mejor, el matrimonio sin amor o el amor sin matrimonio? ¿Por qué seguir una vida de pareja que ha perdido su sentido?

El divorcio y el segundo matrimonio abren el camino a menudo a un proceso de alejamiento de la Iglesia o acrecientan la distancia existente. No son pocos los que piensan que la exclusión de los sacramentos como consecuencia de un nuevo matrimonio civil es una discriminación injustificada y una crueldad.

Está el caso muy frecuente de las situaciones irreversibles, en las cuales la persona es considerada en estado de pecado porque se volvió a casar después de haberse divorciado, pero cometería otro pecado si abandonara a la nueva familia para intentar reconstruir la anterior, considerada la única legítima.

Antonio Spadaro, director de la revista jesuita La Civilta Cattolica, expresa: “El verdadero problema, la verdadera herida mortal de la humanidad de hoy es que las personas tienen cada vez más dificultades para salir de sí mismas y establecer pactos de fidelidad con otra persona, incluso con la persona amada. Es esta humanidad individualista que la Iglesia ve frente a sí. Y la primera preocupación de la Iglesia debe ser la de no cerrar las puertas, sino abrirlas, ofrecer la luz que la habita, salir para ir al encuentro de un ser humano que, aunque crea no necesitar un mensaje de salvación, se descubre a menudo atemorizado y herido por la vida”.

En el aula sinodal una pregunta fue planteada por algunos padres: ¿puede existir “una economía sacramental que prevea situaciones irrecuperables, que excluyan permanentemente la posibilidad de acceder al sacramento de la reconciliación”?

La exclusión de los sacramentos, especialmente si tiene carácter definitivo, como en el caso de los divorciados en nueva unión, está, para una mayoría de los católicos, en contradicción con su creencia de que Dios perdona todos los pecados, abre la puerta al arrepentimiento y ofrece la oportunidad de comenzar de nuevo.

Si una doctrina no es apta para dar una respuesta satisfactoria a esta aspiración, sería un problema de la doctrina, no de las personas.

Los alemanes, protagonistas del diferendo

El país germano experimenta una división ostensible en la faz doctrinaria. Así, el cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, asevera con énfasis: “Ni siquiera un concilio ecuménico puede cambiar la doctrina de la Iglesia porque su fundador, Jesucristo, ha confiado la custodia fiel de sus enseñanzas y de su doctrina a los apóstoles y a sus sucesores… La absoluta indisolubilidad de un matrimonio válido no es una mera doctrina, sino un dogma divino y definido por la Iglesia. Frente a la ruptura de hecho de un matrimonio válido, no es admisible otro ‘matrimonio’ civil”.

Müller alude también a una expresión del cardenal Antonio Quarracino (+1998), prelado que sacó a Bergoglio del anonimato para promoverlo como obispo auxiliar. El entonces arzobispo de Buenos Aires se preguntaba hasta qué punto podían considerarse válidos algunos matrimonios que se habían unido sacramentalmente. El cardenal alemán expresó: “Todos hemos participado en bodas en las que no se sabía bien si los contrayentes del matrimonio estaban realmente dispuestos a ‘hacer lo que hace la Iglesia’ en el rito del matrimonio. … En consecuencia, la Congregación para la Doctrina de la Fe ha comprendido la preocupación del Papa y un gran número de teólogos y otros colaboradores están trabajando para resolver el problema de la relación entre fe explícita y fe implícita”.

Y agregó: “En todo caso, deseo repetir que cuando nos encontramos en presencia de un matrimonio válido, de ningún modo es posible disolver ese vínculo: ni el Papa ni ningún otro obispo tienen autoridad para hacerlo, porque se trata de una realidad que pertenece a Dios, no a ellos”.

En respuesta a las consideraciones del papa Francisco sobre las normas más permisivas que existían en la Iglesia ortodoxa, dijo Müller: “Ciertamente, en el Oriente cristiano ha tenido lugar una cierta confusión entre la legislación civil del emperador y las leyes de la Iglesia, lo que ha producido una práctica distinta que en determinados casos ha llegado a admitir el divorcio. Pero bajo la guía del Papa, la Iglesia católica ha desarrollado en el curso de los siglos otra tradición, recogida en el código de derecho canónico actual y en el resto de la normativa eclesiástica, claramente contraria a cualquier intento de secularizar el matrimonio. Lo mismo ha sucedido en varios ambientes cristianos de Oriente”.

Otro cardenal alemán, Walter Kasper, que es presidente emérito del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, propuso que los divorciados vueltos a casar puedan recibir la comunión, después de un camino penitencial, bajo la supervisión de un sacerdote. Luego de su absolución, éstos podrían ser readmitidos a la comunión.

El Evangelio “no es un código de doctrinas y mandamientos –expresó–. No podemos simplemente tomar una frase del Evangelio de Jesús y de ahí deducirlo todo. Hace falta una hermenéutica para entender todo el mensaje del Evangelio y luego diferenciar qué es doctrina y qué disciplina. La disciplina puede cambiar. Por eso me parece que acá tenemos un fundamentalismo teológico que no es católico”.

Y más adelante: “Cuando debatimos sobre matrimonio y familia, debemos escuchar a la gente que vive esta realidad. Hay un sensus fidelium [el sentido de los fieles]. No puede ser decidido sólo desde arriba, desde la jerarquía de la Iglesia, y especialmente no se pueden citar viejos textos del último siglo, hay que observar la situación de hoy, hacer un discernimiento del espíritu y llegar a resultados concretos”.

La posición del episcopado germano

Pero al margen de estas dos importantes figuras de la Iglesia alemana, el consejo permanente de la conferencia episcopal de ese país emitió un documento el 24 de junio de 2014 titulado “Caminos teológicamente responsables y pastoralmente adecuados para el acompañamiento pastoral de divorciados vueltos a casar”.

Allí sostienen: “En nuestra resolución hemos propuesto permitir el acceso de los divorciados vueltos a casar al sacramento de la penitencia y a la comunión, si la vida común en el matrimonio reconocido canónicamente ha fracasado de manera definitiva, se han aclarado las obligaciones del primer matrimonio, hay arrepentimiento por haber fracasado en ese matrimonio y voluntad genuina de vivir el segundo en la fe y educar a los hijos de acuerdo con la fe”.

Otro cardenal, Reinhard Marx, presidente del episcopado alemán, expresó en el sínodo pasado: “Cuando un divorciado vuelto a casar se arrepiente de haber fallado en su primer matrimonio; cuando aclaradas las obligaciones del primer matrimonio es definitivamente imposible que regrese a él; cuando no puede abandonar sin mayores perjuicios los compromisos asumidos con el nuevo compromiso civil; cuando se esfuerza por vivir el segundo matrimonio según la fe y educa en ella a sus niños; cuando desea los sacramentos como fuente de gracia en su situación, ¿debemos y podemos negarle, después de un periodo de reorientación, el acceso a los sacramentos de la penitencia y la comunión?”.

“Una pastoral orientada por estos principios fundamentales –agregó– no puede eludir la pregunta acerca de una posible admisión de divorciados vueltos a casar al sacramento de la penitencia y a la comunión sacramental. Si el matrimonio eclesiástico no puede ser anulado, según normas canónicas actualmente vigentes, ellos pueden ser admitidos a la comunión sólo bajo dos condiciones: si vuelven a formar pareja con su primer cónyuge, o si renuncian a la consumación sexual en la nueva relación. Ambas recomendaciones son, sin embargo, problemáticas. Al entrar en una nueva relación, y con mayor razón al contraer matrimonio civil, los cónyuges han asumido obligaciones morales frente a la nueva pareja y, dado el caso, frente a los hijos; obligaciones que no pueden ser desatendidas. La terminación o recisión de ese matrimonio destruiría en muchos casos una realidad moral y causaría graves daños. La recomendación eclesiástica de una convivencia conyugal sin intimidad sexual aparece a muchos afectados como moralmente cuestionable, porque aísla lo sexual y lo desintegra del pleno amor mutuo del hombre y la mujer. Esta recomendación sobreexige a los afectados en la regla y se parece a la elección de una forma de vida celibataria a la que, empero, ellos no están llamados. No pocos pastores admiten por eso a la comunión también a divorciados vueltos a casar”. En casi todas las diócesis de Alemania ya se dan la absolución sacramental y la comunión eucarística a divorciados que se han vuelto a casar.

Los obispos alemanes no sólo aprueban estos cambios sino que también aspiran a que se bendigan en las iglesias las segundas nupcias civiles, que se dé la comunión eucarística también a los cónyuges no católicos, que se reconozca la bondad de las relaciones homosexuales y de las uniones entre personas del mismo sexo.

Marx manifestó el pasado 25 de febrero: “No somos una filial de Roma. Cada conferencia episcopal es responsable del cuidado pastoral en su contexto cultural y debe predicar el Evangelio en el propio modo original. No podemos esperar que un sínodo nos diga cómo debemos modelar aquí el cuidado pastoral del matrimonio y de la familia”.

A juicio del Müller, “la idea de que las conferencias episcopales sean un magisterio además del Magisterio, sin el Papa y sin la comunión con todos los obispos, es una idea profundamente anticatólica que no respeta la catolicidad de la Iglesia”.

Otro cardenal alemán, Paul Cordes, presidente emérito de Cor Unum, cuestionó este criterio y señaló:“Pretenden dar lección al mundo a pesar de estar a la cabeza de una Iglesia en ruinas, en la que numerosos sacerdotes no rezan ni se confiesan, dos tercios de los fieles no creen en la resurrección de Jesús y sólo el 16% de los católicos tienen fe en un Dios que es persona y no una vaga entidad”.

Los africanos defienden la tradición

Cuando el presidente estadounidense Barack Obama llegó a África en 2008 y expresó su apoyo a la legalización del matrimonio homosexual, el arzobispo de Nairobi, John Njue, le espetó: “No podemos dejar que aquellas personas que ya han arruinado su sociedad se conviertan en nuestros maestros y nos digan a dónde ir –dijo–. Creo que tenemos que actuar de acuerdo a nuestras propias tradiciones y nuestras creencias”.

La de África es una Iglesia católica que aspira a un papel de liderazgo en todo el continente, en la política, en la resolución de conflictos y en la protección del medio ambiente. En el sínodo del año pasado los prelados africanos jugaron un papel protagónico en los debates sobre estos temas y mayoritariamente a se volcaron por la defensa de las posiciones tradicionales.

En efecto, los líderes católicos africanos mantienen una firme postura tradicional en cuestiones como la homosexualidad y el aborto, basada no sólo en la doctrina católica sino también sus propias costumbres culturales, en donde el ejercicio de la poligamia es un ingrediente que refuerza esta actitud.

Pero además es importante destacar los grandes cambios experimentados en ese continente. La población católica pasó de dos millones en 1900 a 140 millones en 2000. El seminario Bigard Memorial, en el sureste de Nigeria, con una matrícula de 1225 personas, es el más grande en el mundo, y muchos de sus graduados van a servir como misioneros en países extranjeros. Pero la escasez de sacerdotes sigue siendo un problema muy grave en el continente.

 

Hacia una postura conciliatoria
Alemania y África son las dos caras de este grave problema que afronta el sínodo.
Con todo, siempre surgen alternativas que buscan conciliar posiciones. El australiano Paul-Anthony McGavin, de 70 años, sacerdote de la arquidiócesis de Canberra y Goulburn y asistente eclesiástico en la Universidad de esa ciudad –que no participó en el sínodo– es favorable a un cambio, pero ha buscado conciliar posiciones.

En un artículo, señala: “En el curso de los años, el derecho canónico de la Iglesia ha sabido dar varias respuestas no convencionales a las anomalías pastorales. Por citar sólo algunas: los votos religiosos solemnes a Dios pueden ser dispensados; los que han recibido las órdenes sagradas pueden pasar al estado laico y contraer matrimonio válido; los católicos que han contraído matrimonios no válidos pueden obtener su convalidación retroactiva y los que han contraído matrimonios civiles con irregularidades canónicas pueden, después del divorcio civil, contraer otro matrimonio con validez eclesial. Decir sencillamente ‘no pienso que sea posible’ parece excesivamente determinativo, excluyendo ulteriores desarrollos en toda la gama de las consideraciones implicadas. Mi experiencia en el curso de los años me lleva a observar que quienes siguen practicando la fe después de un divorcio civil y un nuevo matrimonio civil no son normalmente personas del tipo ‘monogamia en serie’, sino que son personas que, en términos fenomenológicos, han experimentado la muerte de un matrimonio. El compañero del matrimonio puede aún estar en vida, pero el matrimonio ya no. No basta considerar el problema sólo desde el punto de vista y la perspectiva de la Iglesia como institución sacramental. Necesitamos un cambio de paradigma y tenemos que considerar la situación también desde el punto de vista de quienes sufren y piden ayuda”.

Todo hace prever que la próxima sesión sinodal, en octubre de este año, esté lejos de provocar una división como la protagonizada en el Concilio por el obispo francés Marcel Lefebvre.

Semanas atrás, el papa Francisco invitó a los obispos a no sentirse dueños del depósito de la fe y recordó que la evaluación final le compete a él como pontífice.+ (PE/Criterio)

(*) Pedro Siwak es periodista especializado en temas religiosos

Artículo publicado en la revista Criterio, Buenos Aires, Año: 2015; Número: 2418.- 

 SN  0914/15

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