Manos que dan vida

Por Alfredo Servetti

Bahía Blanca

Un tenedor hace un movimiento acompasado dibujando algo circular… de a poco se va formando una corona desplegada sobre una mesa de roble. Poquito a poquito se desparrama para los costados esa nieve de blanco perfecto. Con delicadeza, unas manos cansadas por el tiempo una vez más agregan un puñadito de sal en los costados, alguien alguna vez dijo que esa es la sal de la vida.

La pava ya estaba tibia, se la retira del fuego porque si se pasa la temperatura el milagro no va poder ser. Un poco de aceite, fruto de una cosecha pasada es colocado en el centro de la corona, desde el borde la mesa unos ojos miran expectantes lo que seguirá. Pedacitos con olor particular y fresco caen granito a granito en el centro de esa corona hueca, esos pedacitos que encierran la magia de lo que vendrá después, esos pedacitos que parecen quedar perdidos.

El fuego arde con intensidad con una gama de rojos, naranjas y amarillos… hay un cruce de miradas. Miradas de ternura, entre quien ya vio muchas veces hacer esta receta y quien la observa por primera vez. Las manos más arrugadas toman la pava y echan un poco del agua tibia ocupando el espacio vacío dentro de la corona y despacito empiezan a mezclar lo que estaba dentro. Las manos más pequeñas y sin tantas arrugas también empiezan a mover esa mezcla que pegotea los dedos. El chasquido del fuego cada tanto es el único sonido que reina en esa cocina.

La corona ya no existe más, ahora es un gran revuelto pegajoso y masajeado por cuatro manos que poco a poco van jugando con esos ingredientes, moviéndolos para un lado, para otro, haciendo que ese amasijo de alguna manera baile al ritmo del fuego. Sonrisas amplias acompañan el momento. La corona en un principio era hueca, ahora era una gran bola blanca, lisa y muy suave en donde al moverla ya no se pegaba a los dedos.

Cuando fue el tiempo justo, las manos más arrugadas colocaron la masa en un recipiente, y con mucho amor pusieron encima un trapo viejo de tiempo sin memoria, la acercaron al fueguito donde daba ganas de quedarse rato largo.

Las manos pequeñas jugaban con los restos que habían quedado, a continuación una mirada se levantó y vio un cartel, de esos que a veces uno ve en las casas de playa. Arriba de la estufa leña estaba. El cartel parecía estar hace mucho tiempo, medio borroneado estaba. Pero se alcanzaba a ver lo que decía: ¿Con qué puedo comparar el Reino de Dios? Es como la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina para hacer fermentar toda la masa. Manos que dan vida… (PE/ Viento y Luz digital)

Publicado en Viento y Luz digital, publicación de la Iglesias Valdenses Presbiterio Sur Argentino, edición octubre 2015

 SN  0916/15

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