Sobre madres, jefes y patriarcas

Por Guido Bello Henríquez (*)

El Jagüel. Buenos Aires.

Este domingo nos viene con la fiesta comercial y pagana del Día de la Madre, aunque nosotros podemos celebrarla con los regalos de nuestro cariño, o evocarla con gratitud a Dios cuando ya no la tenemos. ¡Feliz día, mamá! ¡Gracias a Dios por vos, mamá!

Pero justo este domingo nos trae en el leccionario ecuménico un texto sobre los doce discípulos de Jesús pidiéndole al Maestro “que en tu reino glorioso nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda”.[i] Lo cual nos deja abierta la posibilidad de juntar los temas de las madres, los jefes y los patriarcados.

Por supuesto que entre el conjunto de los seguidores de Jesús hubo también mujeres, y que deben haber ocurrido también peleas entre ellas, rivalizando como en una platea de Tinelli o en una disputa de líderes barriales femeninas o masculinos.

En la historia bíblica tenemos una Sara, casi la madre de la fe, emulando a su marido Abraham, que llena de celos hace expulsar a la esclava Agar, que ella mismo había incitado a embarazar con el dócil patriarca, y la manda a morir en el desierto con su pequeño hijo Ismael, el que según alguna tradición bíblica da origen… ¡Nada menos que a los pueblos árabes!

Pero sin duda que los varones tenemos la primacía en el triste historial de haber levantado y haber soportado muchos jefes despóticos. Y tenemos el triste privilegio de los patriarcados: el predominio autoritario de los hombres sobre las mujeres, sobre sus cuerpos y sus posesiones, su palabra y su trabajo.

Sólo sabemos de excepcionales y débiles casos en unas pocas culturas donde existió alguna influencia decisiva de las mujeres en la vida familiar, económica y religiosa. Por ejemplo, en la cultura mapuche las “machis” comparten un rol protagónico en el “nguillatún”, la celebración de su espiritualidad, y son las portadoras del saber ancestral en cuanto a la salud y la enfermedad. Todo lo demás es patrimonio masculino.

Pero Jacobo y Juan, estos dos discípulos de Jesús, ya quieren ascender a gobernantes, y piden “que en tu reino glorioso nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. El reino que les traerá este Mesías, suponen ellos, tiene que ser un “reino glorioso”, y ya se ven sentados a la derecha y a la izquierda del Rey. Por cierto los otros diez principales discípulos “se enojan” contra los dos que habían querido “primerearlos”.

Estamos ubicados ahora en un clima espiritual totalmente distinto al espíritu de una madre. Estamos en el territorio más bien masculino de los jefes, los patriarcas y los guerreros…, casi siempre masculinos. Y Jesús, el maestro peregrino, convoca a los doce y les dice un pequeño discurso que bien puede ser un credo del evangelio:

“Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes;  y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo de la humanidad no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”. [ii]

Gobierno, dominio, propiedad, poder y autoridad son las señales de este mundo viejo. Jesús viene a proponer un nuevo mundo, donde las señales son  el servicio y la entrega de la vida por la libertad de muchos. Uno para todos, todos para cada uno. No gobierno de uno o de pocos, no propiedad ni poder para pocos, no autoridad de uno sobre muchos.

La primacía en este nuevo pueblo de Jesús está dada en el servicio de cada uno para todos y en la entrega de todos por los muchos.

Y nosotros damos gracias a Dios por el espíritu de la inmensa mayoría de las madres del mundo. Damos gracias a Dios por esa entrega de amor, por su servicio para toda la familia y más allá de la misma, porque su amor es liberador para la comunidad humana, especialmente para niños y niñas, madres que crecen cuando crecen los hijos y las hijas y cuando crecen todos en amor.

Cuando Jesús llora por Jerusalén, esa ciudad que no quiso recibirlo, Jesús se compara con el cariño de una gallina por sus pollitos: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los mensajeros que Dios te envía! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos bajo las alas, pero ustedes no quisieron!”. [iii] ¡Madres de la Plaza, el pueblo las abraza!

Recuperemos este amor de Jesús siempre para servirnos, nunca para ser servido, y que en el evangelio es comprendido como señal y ejercicio de liberación. En este espíritu sencillo, de entrega y de amor, todos nosotros, varones y mujeres, podemos apropiarnos de este sentir de Jesús, que se compara con la gallina que cuida sus pollitos, o como dice Gabriela Mistral en su poema:

Yo no quiero que a mi niña

golondrina me la vuelvan;

se hunde volando en el Cielo
y no baja hasta mi estera;
en el alero hace el nido
y mis manos no la peinan.
Yo no quiero que a mi niña
golondrina me la vuelvan.

Yo no quiero que a mi niña
la vayan a hacer princesa.
Con zapatitos de oro
¿cómo juega en las praderas?
Y cuando llegue la noche
a mi lado no se acuesta…
Yo no quiero que a mi niña
la vayan a hacer princesa.

Y menos quiero que un día
me la vayan a hacer reina.
La subirían al trono
a donde mis pies no llegan.
Cuando viniese la noche
yo no podría mecerla…
¡Yo no quiero que a mi niña
me la vayan a hacer reina! [iv]

Y ciertamente a Dios no le interesa que seamos golondrinas ni princesas ni reinas, sino simplemente hijas y madres humanas, sencillas, imperfectas pero con el corazón abierto al espíritu de Jesús. Que seamos, más que gallos poderosos y dominadores, gallinas que paciente o ardientemente cuidamos la vida que nos toca cuidar. + (PE)

(*) Pastor de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina. Educador. Poeta.

[i] Evangelio de Marcos 10.35-45. Biblia Dios habla hoy.

[ii] Id., vs. 42-45.

[iii] Evangelio de Lucas 13.34. Biblia Dios habla hoy.

[iv] Gabriela Mistral, “Miedo”.

SN 0944/15

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