Ciegos y migrantes

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Por Guido Bello Henríquez (*)

El Jagüel. Buenos Aires.

El leccionario ecuménico dominical nos propone la leer el evangelio de Marcos con un ciego que salta y abandona su capa poniendo su fe en Jesús. Por cierto que “por esa fe ha sido salvado”: metáfora de la vida nueva que ya no mendiga a las orillas de la vida.[1]

Y el texto del pacto antiguo que acompaña el evangelio es del profeta Jeremías, esperando no ya el repetido exilio forzado de los derrotados de la historia sino el poco frecuente retorno desde el destierro, imagen de los que vuelven a ver la tierra de sus sueños, cumplimiento gozoso de los que recuperan la vista y vuelven a caminar.[2]

Pueblos enteros que perdieron la libertad y son expulsados de sus tierras, de sus culturas y de sus lenguas, algunos de ellos confinados en “reducciones” sobre terrenos miserables e inservibles, algunos en campamentos de refugiados, muchos de ellos expulsados violentamente de sus fronteras, reubicados compulsivamente por los vencedores de turno.

En la historia argentina tenemos el éxodo de los Quilmes, pasada la mitad del siglo 17. Habían resistido los asedios españoles durante 130 años en los valles Calchaquíes, Tucumán, y finalmente aniquilados, excepto 4000 de ellos obligados a caminar hasta las orillas del río de la Plata, donde fueron obligados a vivir, más bien a sobrevivir, y negándose todos ellos a tener ninguna descendencia.

En la historia norteamericana ocurrió el éxodo de los esclavos del sur que salieron en marcha hacia una libertad “ya ganada” en la guerra  de Secesión, pero “todavía no realizada”, y esperando la llegada de los vencedores de la guerra marcharon cantando salmos con esa fe que les habían predicado los amos del sur y que ellos habían releído correctamente en clave liberadora, éxodos que muchas veces terminaron en masacres…

Y tenemos la historia del pueblo judío en ese terrible éxodo en los trenes nazis llevándolos a las cámaras de gas en Auschwitz y otros lugares, éxodo muchísimo más asesino que el éxodo bíblico bajo los látigos y los carros del Faraón…

…Y la historia de los palestinos de hoy expulsados de sus tierras a manos de los israelitas descendientes de las víctimas de ayer, con sus alambradas y con las colonias judías multiplicadas sobre los territorios ocupados.

Ahora, hoy mismo, el drama de los sirios que ya suman once millones escapando de la guerra civil, refugiados en otras zonas del mismo país, o en Turquía, el Líbano, en Jordania y en otros países europeos… Ayer, el genocidio de los armenios… ¡Y tantos otros!

El profeta Jeremías canta, como también otros profetas, la escena soñada y ensoñada del regreso del pueblo de Judá, en verdad una pequeña parte de los exiliados, en el sueño de una marcha jubilosa de retorno a la tierra, pero no como vencedores, sino como caravana de ciegos y cojos y mujeres embarazadas que resucitan como pueblo en este nuevo éxodo:

El Señor dice:

Canten de gozo y alegría por el pueblo de Jacob,

hagan oír sus alabanzas y digan:
“El Señor salvó a su pueblo,
lo que quedaba de Israel.”
Voy a hacerlos volver del país del norte,
y a reunirlos del último rincón del mundo.

Con ellos vendrán los ciegos y los cojos,
las mujeres embarazadas y las que ya dieron a luz;
¡volverá una enorme multitud!
Vendrán orando y llorando.
Yo los llevaré a corrientes de agua,
por un camino llano, donde no tropiecen.

Siglos después se retoma la historia de la Biblia, en escenarios nuevos aunque siempre de imperios opresores: los últimos han sido los imperios asirios y babilónicos, persas y medos que rodean las experiencias y los sueños de Jeremías. Y después vendrán los imperios griegos y romanos, y entre todos ellos los pequeños pueblos de Israel y de Judá, casi “como juega el gato maula con el mísero ratón”…[3]

Grito personal y personalísimo de un ciego que retoma el sueño y el ensueño de Jeremías. Aunque, ay, no es un ciego que marcha hacia la libertad, sino un ciego mendigante sentado a la orilla de un camino. Pero de pronto el ciego ha sabido que anda por ahí Jesús de Nazaret, llamado el hijo de David, y pide compasión, pasión compartida, comunión apasionada.

“Muchos lo reprendían para que se callara”, pero el ciego insiste. Y Jesús se detiene, Jesús es el Maestro que escucha antes de hablar. Llaman al ciego, diciéndole: “Animo, levántate, te está llamando”. Y entonces el ciego arroja su capa, y dando un salto se acerca a Jesús. Normalmente los ciegos se mueven lentamente, no dejan por nada sus pequeñas posesiones y mucho menos se ponen a saltar.

Cuántos gritos de comunidades religiosas que reprenden a los ciegos que quieren recuperar la vista, y felizmente también comunidades que reciben e incorporan a nuevas personas en comunidades liberadoras y solidarias.

Y cuántos gritos de pueblos que piden una entrada a un territorio de paz, donde el Dios pastor “en verdes praderas los haga descansar, donde a aguas tranquilas los conduzca, donde recuperen nuevas fuerzas y puedan ir por caminos de justicia, haciendo honor al nombre de ese Dios”…[4]

Metáfora de la vida nueva que ya no mendiga a las orillas de la vida, metáfora de quien pudo atreverse a dejar esa capa de su insegura seguridad, metáfora del hombre que grita pidiendo el milagro de ver de verdad.

Metáfora del Dios que escucha antes de dictaminar, metáfora de comunidades que animan a los que están afuera del camino de la vida, metáfora de los que nos animamos a seguir a Jesús en el camino, más allá de nuestras contradicciones.+ (PE)

(*) Pastor de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina. Educador. Poeta.

Notas:

[1] Evangelio de Marcos 10.46-52 – Biblia “Dios habla hoy”.

[2] Profeta Jeremías 31.7-9 – id.

[3] Celedonio Flores y Carlos Gardel, “Mano a mano”, tango.

[4] Salmo 23 – id.

SN 0955/15

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