Teologia buena y mala

CArlos Barbera III

Por Carlos F. Barberá,

España.

Dedicando ahora mayor tiempo al estudio de la teología, he podido ver más claro algo que era previsible de antemano: hay teología buena y mala, como hay pintura buena y mala, literatura buena y mala y buena y mala cocina.

Un marxista clásico diría que toda teología es mala por ilusoria y engañosa, un positivista afirmaría que carece radicalmente de sentido y el carbonero de la fábula la tendría por superflua si es que conociera esa palabra. Un creyente ilustrado, sin embargo, valora la teología y, aunque no se tenga por un gourmet teológico, aprecia la buena teología.

Ahora bien ¿quién discierne la una de la otra? En el caso de la pintura o la literatura los encargados son los críticos, en el de la cocina, los especialistas gastronómicos. No es seguro sin embargo que pueda uno fiarse de unos o de otros. En el caso de la pintura, tras patinazo con el impresionismo, creo que ninguno de los críticos se atreve a un juicio negativo.

Sobre la literatura puedo contar que me fié de que para la crítica Thomas Pynchon es uno de los tres mejores novelistas norteamericanos y no pude pasar de las veinte primeras páginas de su novela más importante. De los críticos gastronómicos no sé qué decir. Ni mi economía ni mi paladar dan para verificar su acierto.

En lo que se refiere a la teología, el ejercicio de discreción lo ha ejercido siempre la Iglesia jerárquica, no raramente manu militari y muchas veces con bastante poco acierto. Por poner un par de ejemplos, cuando ya empezaba a estar claro que eso no era cierto, afirmó que Moisés era el autor de los cinco primeros libros de la Biblia y en cuanto a Teilhard de Chardin, prohibió durante toda su vida la publicación de sus escritos. Vivimos ahora sin embargo en un mundo pluralista y con una multiplicidad de medios, libros, folletos, blogs, páginas web… En consecuencia, ese control jarárquico y la correspondiente censura se ejercen con gran dificultad. Pero una vez abierta la veda, vuelven fácilmente las antiguas herejías, adoptadas por católicos practicantes.

Sin duda hay muchos escritos con resabios modalistas y no pocos ebionitas. Algunos tienen una tendencia gnóstica y estoy convencido de que abundan los semipelagianos. A mí mismo dos curas me tacharon una vez de positivista.

Es cierto que nunca se ha hablado antes de buena o mala teología. Toda ella era de calidad porque la producían especialistas. Se hablaba de formulaciones teológicas verdaderas o falsas, acertadas o erróneas. El criterio para distinguir unas de otras era la verdad.

Estamos sin embargo en un tiempo en que la verdad se ha vuelto sospechosa como proclive a la dictadura. Se afirma que está siempre tentada de combatir al error por los medios que sean y que su consecuencia lógica es la Inquisición. Seguimos, pues, a la búsqueda de un criterio que nos ayude.

Como se recordará, san Pablo señalaba, distanciándose de ellos, que los judíos pedían signos y los gentiles sabiduría y que los cristianos predicaban a Cristo crucificado. Pues bien, yo quiero asumir las tres reivindicaciones como marco indispensable para una teología renovada.

Una teología con sabiduría (de sapere, saber y saborear) será sabia y sabrosa, frente a otras insipientes o insípidas. Producirá un contento en la mente porque hará justicia a la complejidad de la vida humana, a los matices de la palabra escrita y de las tradiciones. Y a la vez producirá ese calorcillo en el corazón son el que una amiga mía definía a Dios (“¿no ardía nuestro corazón cuando nos hablaba?”).

La homilía dominical en las iglesias suele ser un pequeño fragmento de teología. Verdaderamente hay que buscar mucho para encontrar una que no sea insignificante o aburrida las dos cosas a la vez. Una mala teología.

Una teología con signos no llegará huérfana sino acompañada de señales. Ya la teología de la liberación afirmaba que la teología era un acto segundo, precedida de la lucha por un mundo mejor. Y fraseando a Santiago se podría decir: ¿tienes teología? Muéstrame tus obras. Por seguir con el ejemplo de las homilías, casi nunca los curas avalan con hechos sus afirmaciones. Seamos audaces, proclamaba un predicador –nada audaz en su vida- en una misa que me tenía como fiel. Son palabras en el aire, pequeñas teologías sin signos, malas teologías.

Finalmente una teología fiel a la cruz. Nada más engañosa que toda esa literatura de sanación, de autoayuda, que reparte consuelo tranquilidad, sosiego, que parece poner entre paréntesis el sufrimiento de los humanos, Pues se da una teología semejante, que parece poner entre paréntesis la cruz de Jesús y a la vez la de los humanos.. Esa banalización del amor y la misericordia de Dios para la que todo el mundo es bueno.

Ya Lutero criticó la teología católica como theologia gloriae, contraponiéndole latheologia crucis.Sigamos con los ejemplos. Hay toda una moda de predicación en los funerales en que la proclama ¡alegría! constituye el principio y el fin. Como si la muerte no doliera, como si la ausencia no fuera muchas veces un desgarro. Una mala teología.

Ahora que los escritos teológicos han bajado de las cátedras a las webs no es tanto el error lo que nos amenaza sino la insignificancia, banalidad, la frivolidad, la atonía, los falsos consuelos, el aburrimiento. Me lo pienso yo, que escribo teología.+ (PE/Atrio)

SN 0981/15

 

 

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