“RELIGIÓN SIN DIOS” (*)

Eduardo Vega Seoane

Por Carlos A. Valle

Buenos Aires.

Es el título de la última obra Ronald Dworkin (1931-2013) quien fuera  filósofo del Derecho y catedrático de derecho constitucional. Se considera que su teoría sobre el tema es una de las más influyentes. Ha tratado de establecer una fuerte relación entre derecho y moral, resguardando que se provea un trato igual para todos. Por eso ha desechado interpretaciones que tienden a ser arbitrarias y reconoce que hay que defender la posibilidad de la desobediencia civil.

Estos presupuestos subyacen en la presente obra cuyo tema se centra en la afirmación “la religión es algo más profundo que Dios” (p.13).  Las dos palabras centrales de su tesis, religión y Dios, tienen no solo una amplia gama de interpretaciones y una brumosa lista de definiciones. Reconoce que “religión  es un concepto interpretativo” (.16) y le parece que la puja es entre creyentes fervorosos y ateos  a quienes se los denigra. Dworkin está discutiendo con una sociedad, la estadounidense, que si bien mantiene fuertemente la separación Estado-Religión, tiene una larga tradición bíblica de interpretación mayormente literal que, en buena medida, ha ido moldeando la sociedad. Esto le lleva preguntarse, por ejemplo, acerca de las razones que deberían sustentar o no la interpretación del “diseño  inteligente” (ps.88-89) como parte de currículo escolar.

El peso de la tradición

Se puede entender su insistencia en separar la idea de Dios  de la religión, pero al hacerlo desnuda el peso de su tradición que le impide comprender que está haciendo una lectura muy restringida del tema. Indudablemente su campo es el derecho y es allí donde se ve constreñido a hacer definiciones que no terminan de establecer una posición. Hay que reconocer que sus planteos son amplios e inclusivos, lo cual le pone límites a sus posibles conclusiones, es por eso que insiste que religión es algo más profundo que Dios.

Esta distancia que propone le permite indagar en el campo de la ciencia porque allí encuentra que las comprensiones acerca del universo divergen de las posiciones tradicionales. Además, está preocupado por la posible carencia de verdades inamovibles (p.55) De esta manera su planteo se limita a ciertas comprensiones que tienden a ser cuestionadas.

Belleza e inevitabilidad

Llama la atención que se concentre en el tema de la belleza, dándole una preponderancia llamativa porque para él “la belleza de una teoría es evidencia de su verdad” (p.40) Lo que resulta un tanto difícil de aceptar dada las cada vez más provisorias, o al menos así suenan, interpretaciones del universo, su origen y funcionamiento, junto al significado de la vida, que provee la ciencia.

Sin entrar a cuestionar esta variada interpretación insiste en remarcar que  encierra un significado de lo bello, “porque parecen apuntar hacia una belleza final aún desconocida y misteriosa” (p.46), y basa su argumentación en el hecho de que no suponen un dios como fundamento. Dorwick quiere liberarse de la afirmación de Leibniz que este es el mejor de los mundos porque “Dios no podía tener razones para no hacerlo tan bueno como fuera posible” (53), y esa es la justificación de los teístas.

Su pensamiento busca acentuarse en la idea de la “belleza de la inevitabilidad” (p.65) y para ello hace lugar a las “leyes naturales”. Así, los distintos aspectos de la vida del universo están ligados de tal manera que su existencia y funcionamiento los convierte en dependientes. Así, para él, “el asombro que experimentan los científicos que piensan que la belleza que sienten en el cosmos es tan real como los electrones” (p.64), le lleva a afirmar que deberíamos dotar “de sentido a la inevitabilidad como un aspecto o dimensión de la belleza” (p.64). Una belleza que tiene dejos de determinismo que entiende se acrecienta, cuando se trate de un argumento legal o un poema, y “se vuelve evidente que tenía que ser de esa manera.”(p.67)

Libertad religiosa

El segundo tema que considera tiene que ver con la libertad religiosa, tema sensible en una sociedad como la estadounidense que ha establecido la prohibición de establecer una religión o de restringir su libre ejercicio. Pero, al mismo tiempo, se registra una amplia y variada práctica religiosa ¿Algún credo tiene preponderancia sobre los otros? ¿Cuál es el lugar que asiste a los ateos? ¿Las religiones minoritarias pueden subsistir mientras no sean consideradas un desafío para las mayoritarias?

La prescindencia de una relación legal con un credo determinado no exime al Estado de ser influenciado por la tradición religiosa de la sociedad  No puede olvidarse que la historia de las guerras y dominios a partir de religiones particulares recorre la historia de la humanidad y, lamentablemente,  hoy hay quienes tratan de revivirla en algunas partes.

Éxito, responsabilidad personal, ética

La argumentación de Dworkin se torna una cuestión personal, porque “entiende que cada persona tiene la responsabilidad ética intrínseca e inevitable de llevar una vida exitosa” (p.73) Esta situación ante la vida quiebra la barrera entre creyentes y no creyentes. De manera que buena parte de todo el planteo establecido se concentra en la “responsabilidad personal”. Bajo este paraguas puede considerar el tema de la objeción de conciencia, la homosexualidad o el aborto “porque el pueblo tiene, en principio, un derecho a ejercer libremente sus convicciones profundas sobre la vida” (74). No importa si están basadas en su creencia en Dios o no. “El gobierno debe mantener su neutralidad”, lo cual plantea que se provee la posibilidad de que se considere ciertas manifestaciones religiosas como falsas, Pero establece un límite: “El materialismo y el racismo bien pueden reflejar un convicción genuina y apasionada sobre vidas que son inherentemente exitosas…” (p.78).

En el trasfondo de esta perspectiva de la vida se refleja una convicción individualista dominado por su concepto del éxito. De esta manera reelabora su concepto de libertad religiosa a lo que entiende debe ser la “independencia ética”. Por eso le parece que no corresponde limitar la libertad religiosa a los sujetos religiosos, y que habría que “concebir la libertad religiosa como un caso nuclear de un derecho más general a la independencia ética” (p.90).

Muerte e inmortalidad

El libro concluye con un breve capítulo sobre la muerte y la inmortalidad. Resalta el lugar que las religiones teístas le acuerdan a la vida eterna y una variedad de requisitos morales y éticos que determinan la posibilidad o no de tener acceso a una vida eterna. Para él esos mismos requisitos morales y éticos se pueden aplicar a quienes no creen en Dios, porque entiende que vivir bien “es la forma correcta, independiente y objetiva de vivir” para el cual “la existencia o no existencia de un dios desempeña ningún papel en el instinto de valor que nos une.” (p.95)

Resulta difícil concordar que todo se resuelve esgrimiendo un argumento moral y ético desligado de toda connotación religiosa. La afirmación está constreñida a una visión religiosa tradicional que limita su visión de lo religioso. Por otro lado, suponer que los preceptos morales y éticos no tienen vinculación con trasfondos religiosos es no comprender la realidad de una herencia que no es inevitable aceptar pero si reconocer, comprender y evaluar. +(PE)

(*) Ronald Dworkin, Religión sin Dios, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires  2015.

SN 1003/15

 

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