Testimonio sobre Víctor Eduardo Oliva Troncoso

 

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Trato de imaginarme a “Lalo” 

Compartimos la participación del pastor Guido Bello Henríquez en el Homenaje a Víctor Oliva Troncoso realizado en la Universidad Nacional del Sur el 23 de septiembre de 2015 . Víctor, chileno, refugiado de ACNUR en Bahía Blanca, fue asesinado por la Alianza Anticomunista Argentina (AAA) el 2 de julio de 1975 en esta ciudad.

 

Por Guido Bello Henríquez (*)  

Bahía Blanca 

 

A veces trato de imaginarme a Víctor Oliva en la edad que tendría hoy, con más de 60 años de edad, con un poquito de panza (aunque él era muy deportivo, buen jugador de fútbol).

Trato de imaginarlo con algunas canas (aunque tenía un hermoso pelo negro enrulado).

Trato de imaginarlo un poquito más formal, un poco más serio, sin estar haciendo siempre bromas, pero no hay caso.

Solamente puedo reconstruir la nítida imagen joven, juvenil, siempre sonriente, siempre desenfadado, con su guitarra cantando las canciones de Joan Manuel Serrat, jugando con los chicos. No tenía ninguna postura agresiva, ninguna postura desafiante. Era la alegría de vivir. Aunque, por cierto, también me quedó la imagen terrible de su rostro detenido en un grito, cuando pude reconocerlo con Aníbal Sicardi en la morgue del hospital.

Cuando mi entonces pequeña hija Cristina se enteró del crimen, me preguntó: ¿Por qué lo mataron a Víctor? Tuve que contarle historias de hombres malos, violentos. ¿Cómo contarle a una niña de tres años que hay un sistema social que embrutece y tortura y mata, que destruye vidas que cantan y juegan, que en una tarde de sol en Bahía Blanca se llena de sangre y de dolor, quebrando el silencio con la metralla asesina?

Víctor ya sabía, claro que sabía, junto con todos los amigos y compañeros que habían salido de la lluviosa Temuco, en la zona llamada de la Araucanía; ya habíamos sabido del odio de clase de los pequeños pero implacables terratenientes, de los comerciantes que habían escondido las mercaderías para hacer caer el gobierno de Salvador Allende, de los militares que gritaban contra los militantes de la vida con desprecio y brutalidad, contra obreros y campesinos y estudiantes sin más armas que su clara conciencia y sus sueños de una vida mejor y más justa para todo el pueblo.

Casi no lo conocía a Víctor hasta que nos encontramos en Cipolletti una tarde de noviembre de 1973. Era para mí uno más de los estudiantes de profesorado en la pequeña sede de la Universidad Católica de Temuco. Era uno más de los alegres estudiantes del MUI, Movimiento Universitario de Izquierda, uno de los frentes sociales de ese tiempo, cobijados por el MIR, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, en el Chile de ese tiempo.

Pero entonces sí lo conocí, desde Cipolletti y luego en Bahía Blanca, y cómo lo reconocí, cada vez con un mayor protagonismo. Eran largas y siempre amistosas las charlas de todos los exiliados chilenos en Bahía Blanca. Pero desde el comienzo fueron abiertas a todos los argentinos que nos habían recibido con los brazos abiertos. Teníamos que discutir mucho porque eran distintos los códigos lingüísticos, distintas las realidades sociales en un país más grande y más complejo, y distintas las historias y las culturas políticas, aunque estuviéramos a pocos kms. de la frontera.

Y en esas largas y ardientes discusiones, era siempre especial el aporte de Víctor, poniendo humor y lucidez, transparencia y consecuencia. Llegué un día a la Universidad del Sur y me encontré con un acto en solidaridad con el pueblo chileno. Y ya estaba hablando Víctor.

Sorpresa: era un buen orador, claro, entusiasta y didáctico. Por supuesto que lo reprendimos. Era exhibirse demasiado como chileno recién exiliado. Nos sentimos orgullosos de él, enojados con él, preocupados por él.

Era una discusión también con los compañeros argentinos. Los que éramos docentes les decíamos a los colegas argentinos que no escribieran todo en sus registros de clase, los ímpetus revolucionarios no debían quedar por escrito, bastante era con dar buenas clases, con toda conciencia y con toda coherencia intelectual. Pero los compañeros de este lado nos decían que no iba a pasar lo de Chile, que nosotros teníamos demasiado abiertas las heridas de la derrota. Y nosotros les decíamos que los pueblos van a triunfar, pero que sería después de varias vueltas de la historia.

Víctor se enroló en lo más alto de la vanguardia transformadora de esos tiempos, con muchas otras personas, de distintas organizaciones y de distintos movimientos. Pero no eran vanguardia de pura retórica, sino de militancia humilde, acompañando a los más humildes de las barriadas de Bahía Blanca, como antes había acompañado las luchas y resistencia de los pobladores pobres en Temuco y de los campesinos mapuches sin tierra en toda esa zona. Y por eso no había lugar en su vida para el miedo, no había lugar para resguardarse ni para guardarse sin manchas desde la pureza de la teoría.

La madre de Víctor nos había visitado desde Temuco, sencilla y afable, y nos había encargado a los amigos que le cuidáramos a su Lalo, como le decían en la familia. Y le aseguramos que lo haríamos. Pero tampoco nosotros teníamos conciencia de la serpiente que se estaba despertando en ese tiempo, la Triple A, con los primeros crímenes en la Universidad y en todo en el país, todavía se estaba desenrollando el terrible parto de nueve meses más tarde, del golpe del 76, mejor llamado “proceso de desorganización nacional”.

Quisiera destacar la apertura y espíritu fraternal de la Universidad Nacional de Sur en aquellos años, y la apertura y espíritu fraternal de los estudiantes universitarios e incluso secundarios en esos años, muchos de ellos también encarcelados, desaparecidos y asesinados por las dictaduras incrustadas en la vida de nuestros pueblos, junto con muchos otros militantes y junto con personas que se habían atrevido a protestar por tierra y trabajo, por salud y educación, o incluso por un boleto estudiantil como nos recuerda la memoria valiente de la “noche de los lápices” en la ciudad de La Plata.

Y quisiera destacar también cómo dos pueblos confluyeron en la vida de Víctor, así como se encontraron en esta tierra tantas otras naciones en esta tierra generosa y de puertas abiertas “para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”, como dice el Preámbulo de la Constitución Argentina. Alemanes y españoles, italianos y chilenos en la Patagonia trágica, bolivianos y paraguayos, uruguayos y chilenos desde siempre. Argentina nunca cerrada para los migrantes, excepto en tiempos de dictadura, pero nunca cerrada en los corazones del pueblo.

No, no voy a tratar de imaginarme a Víctor en la edad que tendría hoy. Voy a seguir imaginándolo joven y generoso, transformador y revolucionario, alegre y solidario. Y digo estas palabras sencillas sobre el sencillo y alegre Víctor Eduardo Oliva Troncoso, en homenaje a la juventud que esta tarde nos rodea. Porque con ellos y ellas nos vamos a seguir transformando con nuestros pueblos.

Gracias, Carlos y Sonia Oliva, por traernos la compañía de Víctor, ya no solo hermano de ustedes dos, sino hermano de todos nosotros. Gracias, organizadores de este homenaje a estos “sueños inconclusos” pero todavía vigentes, gracias jóvenes aquí presentes. Muchas gracias.+ (PE)

 

(*) Pastor de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina. Educador. Poeta. 

 

SN 1009/15

 

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Un comentario sobre “Testimonio sobre Víctor Eduardo Oliva Troncoso

  1. Buen testimonio Guido, gracias. Tengo algo que me viene dando vueltas, y tus primeras palabras: “Trato de imaginarlo un poquito más formal, un poco más serio, sin estar haciendo siempre bromas, pero no hay caso”, me ayudaron a entenderlo. Esto me dio la respuesta: la BROMA, es una de las pocas maneras que los militantes tienen para superar la angustia y mantener la alegría de la vida por que la están trabajando (de otra manera se deja abierto el “suicidio”).

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