Una nueva y vieja mirada sobre el cristianismo

 

Emmanuel Carrère

Por Carlos A. Valle (*)

Buenos Aires

Emmanuel Carrère[i], el novelista y ensayista francés, en su último libro “El Reino” antes de desarrollar su particular visión del relato evangélico, arranca con una personal experiencia circular que parte de su posición de no creyente, a creyente apasionado para finalmente volver a un cierto escepticismo.

Se puede decir que se trata de un recorrido con fuertes acentos de carácter intelectual. Con el ropaje de su propia racionalidad, elaborada para narrar sus experiencias genuinas de conversión, no hace más que describir una comprensión más tradicional de la fe sobre lo que significa y cómo se exterioriza.

Este circular recorrido religioso, que domina esta primera parte llamada “Una crisis” puede ser considerada aisladamente, porque no vuelve sobre esa experiencia salvo una referencia al final de su extenso trabajo, donde se mezclan el ritual del lavado de pies con una práctica de encuentro comunitario.

De todas maneras se puede considerar que le caben, al menos, dos posibles lecturas. Por un lado, un aporte tangencial a lo que intenta compartir, como un encuadre que de valor a su argumentación. Por otro lado, por la referencia a los variados comentarios personales, que ha conservado en muchos cuadernos a lo largo de varios años sobre sus lecturas bíblicas, a los cuales recurre con frecuencia y se ofrecen como una garantía de autenticidad.

Es indudable que Carrère ha leído y estudiando los textos bíblicos a los que alude. Pablo y Lucas son los dos personajes que mayormente le atraen. Confiesa que no intenta novelar los hechos, pero no puede evitar hacer una lectura interpretativa de lo mencionado en los textos neotestamentarios ampliando en su visión acontecimientos a los que les da una interpretación peculiar. En buena medida, y cuando lo hace lo explicita, no hace más que tomarse la libertad que durante siglos se han arrogado los intérpretes de los textos bíblicos.

Llegado a este punto se abre un planteo que ha marcado la comprensión de cualquier hecho que se procura comunicar, y que tiene que ver con la complejidad que va de la comprensión del hecho en sí, pasando por la versión de los testigos hasta la muy variada, y muchas veces contradictoria, interpretación de lo sucedido. No resulta ajeno recordar lo que Nietzsche afirmaba que “no hay hechos sino interpretaciones”.

El mundo moderno de la comunicación ha entrado en un complejo esquema de comprensión de hechos, donde ronda la imaginación de lo sucedido, el muy estudiado uso del lenguaje, la importancia del silencio, la renuencia a la necesaria retractación donde correspondiere y a la reiteración de sospechas donde las cosas no sucedieron pero pudieron haberlo sido.

Entrar en este mundo reclamará un análisis más detallado y profundo que puede ayudar a desentrañar hasta dónde es posible conocer lo sucedido, cómo considerar la ficción como intento de comprensión y mucho más. Se entiende que es importante tener esto en cuenta para comprender lo que Carrère busca compartir y está muy emparentado con toda interpretación bíblica que no está exenta de tal escrutinio.

Si bien se podría no concordar con lo que este libro comunica habrá que reconocerle la validez de su libertad para hacerlo. Hacer un reclamo de autenticidad sobre temas que están más cercanos a los mitos, frutos de elaboraciones desarrolladas por imperio de necesidades religiosas, no pueden limitar los planteos de quienes genuinamente tienen la libertad hacerlo.

No importan sus conclusiones o los abusos que pudieran manifestar, siempre serán un aporte a nuevas visiones y nuevas cuestionamientos. Bastaría recordar las críticas que debió soportar José Saramago con su apreciable “Evangelio según Jesucristo”.

Aunque hay mucha riqueza en el libro de Carrère solo se mencionarán algunas ideas claves que son las más llamativas y que están relacionadas con dos personajes claves, el Apóstol Pablo y el Evangelista Lucas.

Pablo aparece como una especie de francotirador que, a partir de la experiencia de un encuentro excepcional con Jesús en Damasco, reclama el título de Apóstol. Pablo centra su predicación en elucubraciones de dimensión trascendentes con relieves que hacen de la figura de Jesús un ser celestial exento de connotaciones respecto de su ministerio. Considera que a Pablo no le interesaba conocer detalles de la vida y los mensajes de Jesús. Este es un argumento con evidente sustento ya que, a pesar de sus muchos contactos y no menores conflictivos con el grupo de creyentes liderados por los apóstoles Santiago y Pedro, jamás en sus escritos hace mención a hechos concretos de la vida de Jesús, salvo los que tienen que ver con la muerte y resurrección y en un ya establecido ritual para la celebración de la Cena del Señor.

Carrère, quien reiteradamente se niega a aceptar la resurrección de Jesús, subraya la autoridad con que Pablo se dirige en sus cartas a las diversas comunidades con las que ha establecido relación. Al mismo tiempo, deja ver la turbación que le provoca que uno de sus argumentos, centrado en el inminente fin de los tiempos durante su generación, no se realizara.

Subraya en su libro la ruptura de Pablo con las imposiciones de la Ley judía. Acentúa las discrepancias sobre la dependencia de las tradiciones religiosas judías en la conformación del cristianismo. Esta liberación que manifiesta Pablo, él la corrobora mencionando que Dios les ha dado “una Ley llena de prohibiciones que le impiden congeniar con los demás pueblos.”

Lucas le resulta un personaje muy atractivo porque siendo médico se vuelve un escritor y siendo griego adhiere a la prédica de Pablo. “Cuando me cuentan una historia me gusta saber quién me la cuenta”, por eso Carrère cree que lo que finalmente va a escribir es una biografía de Lucas.

Para hacerlo traza un cuidadoso recorrido de la vida de este evangelista y lo abunda con un vasto número de referencias históricas y geográficas que tienden a dar más validez a sus propias ideas. Hay que reconocer que, en varios momentos, indica que va a proponer ciertas teorías que son parte de sus suposiciones. Allí no puede evitar resaltar la importancia de su pensamiento.

Carrère trata de hacer una diferenciación entre el Lucas que escribe Hechos y el que redacta el Evangelio. Reconoce que en el Evangelio se han incorporado tradiciones que eran conocidas, sobre hechos y dichos de Jesús, y le hace imaginar a Lucas que no serían del agrado de Pablo. A esta tradición recibida ha añadido sus propios aportes, las confidencias de la madre Jesús y, especialmente, la conocida parábola, mal llamada del “hijo pródigo”.

Las referencias bibliográficas que sostienen su trabajo son casi nulas, salvo una reiterada mención a Joseph Ernest Renan el filósofo, filólogo e historiador francés (1823-1892) quien desde el racionalismo contribuyó en su época a la búsqueda del Jesús histórico, búsqueda que sigue involucrando hasta hoy a muchos teólogos e investigadores con resultados siempre controvertidos. En su “Vida de Jesús”, lo considera como un “anarquista” lo que le acarreó su expulsión del Collége de France considerándolo como un  “blasfemo europeo”.

Salvo referencias históricas el nombre y las ideas de Renan no despiertan demasiada atención. Hay muchas otras aproximaciones al tema del Jesús histórico mucho más discutibles pero son totalmente ignoradas en este libro. Por ese motivo llama la atención que Carrère haya puesto tanto interés en resaltar el aporte de Renan y solazarse en recurrir a su trabajo.

Carrère muestra ser un autor que trabaja seriamente sus temas. Se supone que no reclama una particular originalidad en su propuesta, más bien un ejercicio intelectual que ha mezclado con sus propias contradicciones y conflictos espirituales, y no oculta la marcada alta valoración que se atribuye a sí mismo, porque creyendo ser un “hombre inteligente, rico, de posición”, no obstante en este libro mantiene una distancia porque entiende que los valores que se atribuye pueden constituir “impedimentos para entrar en el Reino.”

Dejando de lado todo lo que describió en su recorrido, más bien se refugia en una visión religiosa que entiende que la vida eterna se mueve por premios y castigos, lo que pareciera darle cierta confianza personal. Porque, considera “Con todo lo he intentado.”+ (PE)

[i]  Emmanuel Carrère, El Reino, Anagrama, Buenos Aires, 2015.

 

(*) Teólogo, con estudios en Alemania y Suiza. Pastor (j) de la Iglesia Metodista Argentina. Director del Departamento de Comunicaciones del Instituto Superior Evangélico de Estudios Teológicos (ISEDET), Buenos Aires, 1975-1986. Presidente de Interfilm, 1981-1985. Secretario General de la Asociación Mundial para la Comunicación Cristiana (WACC), Londres, 1986-2001. Autor de los libros Comunicación es evento (1988); Comunicación: modelo para armar (1990); Comunicación y Misión; En el laberinto de la globalización (2002).

valleferrari@gmail.com

 

 SN 0059/16

 

 

 

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