A 36 Años Del Asesinato De Monseñor Romero

Romero II

Por Graciela Sonia Gutiérrez

Trelew

El 24 de marzo de 1980 fue asesinado en San Salvador el Arzobispo Oscar Arnulfo Romero. Monseñor Romero, como lo siguen llamando con cariño quienes lo recuerdan con respeto y admiración por su compromiso con la defensa de los derechos humanos y la causa de los pobres: católicos y protestantes, creyentes y no creyentes, en Latinoamérica y en el mundo.

Lejos de caer en el olvido

Como homenaje a este reconocido mártir, el 1 de diciembre de 2010 la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó la fecha de su muerte  como Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas.

Más tarde, en febrero de 2015, llegaría el reconocimiento oficial de la iglesia católica romana y su beatificación, por decreto firmado por el papa Francisco. Pero el cura de los oprimidos ya había  recibido en vida el reconocimiento de su pueblo, que creció con su martirio, y no ha perdido fervor con el paso del tiempo. Lejos de caer en el olvido, su figura se mantiene inalterable en la memoria de quienes adhieren a sus mismas causas, y se ha constituido en un ícono en el que se reflejan también tantos otros mártires anónimos de su tiempo.

Oscar Arnulfo Romero había nacido en El Salvador el 15 de agosto de 1917, en Ciudad Barrios, en el departamento de San Miguel. El segundo de ocho hermanos en una familia humilde, mostró desde pequeño su preferencia por los estudios humanísticos y sociales, y a los 13 años ingresó al seminario menor de la ciudad de San Miguel, dirigido por sacerdotes claretianos.

A partir de 1937 realizó estudios de teología en la Pontificia Universidad Gregoriana, en Roma, siendo ordenado sacerdote  el 4 de abril de 1942. Durante ese período se albergó, al igual que otros estudiantes latinoamericanos, en el  colegio Pío latinoamericano.

En 1943 regresó a El Salvador donde inicialmente se desempeñaría como párroco de la ciudad de Anamorós. Durante las tres décadas siguientes ocupó diversos cargos en la Iglesia salvadoreña: secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador (1968), Obispo Auxiliar de San Salvador (1970), Obispo de la diócesis de Santiago de María en el departamento de Usulután (1974), hasta ser nombrado Arzobispo de San Salvador por el Papa Pablo VI el 3 de febrero de 1977, responsabilidad que asumió el día 22.

Desde el recelo al compromiso

Mirado con recelo por muchos sacerdotes y fieles que veían en él a un candidato de los sectores conservadores, opuestos a quienes defendían la opción por los pobres, Romero se reconocía a sí mismo como conservador.

El país, gobernado por décadas por gobiernos autoritarios y represivos, se encontraba por entonces envuelto en un clima de gran violencia política entre organizaciones populares y las fuerzas militares. Aunque se esforzó en actuar como mediador, incluso enfrentándose con grupos de izquierda, Monseñor Romero defendió siempre la legitimidad de los reclamos populares.

Hubo un hecho que lo indujo a radicalizar esa postura, asumir definitivamente la defensa de los oprimidos y todos los riesgos que eso implicaba: el 12 de marzo de 1977 fue asesinado en la ciudad de Aguliares el Padre Rutilio Grande, amigo íntimo de Romero. Grande, a cargo de la parroquia de dicha ciudad desde hacía cuatro años, había incentivado desde allí la formación de comunidades de base y la organización de los campesinos, condenados históricamente a la pobreza y la exclusión.

En reacción a ese hecho, y a pesar de no contar con la aprobación del nuncio apostólico y de algunos obispos,  Romero convocó a una misa única, para mostrar la unidad de su clero.

Juana Portillo, quien fuera su asistente durante cuatro años, y exiliada con su familia poco tiempo después del asesinato de Romero, relataba a El Mundo, con motivo de la beatificación del  obispo: «Íbamos con monseñor a los funerales de los curas asesinados. El de Rutilio Grande le marcó mucho y le hizo cambiar. El domingo siguiente monseñor prohibió todas las misas y ordenó que sólo se celebrase una en la catedral. Y la ofició él. Y habló contra los militares, claro». (1)

Los sectores más poderosos de El Salvador, militares, terratenientes, líderes políticos conservadores, no tardaron en reaccionar y ejercer una fuerte oposición a su prédica y su acción. Pero Monseñor Romero, consciente de lo que ello implicaba, no dejó nunca de denunciar la violación de los derechos de obreros, campesinos y curas, la pobreza, la exclusión, la represión militar, las matanzas, ni de abrir las puertas de la iglesia a los perseguidos, Y cuando en noviembre de 1979 se conocieron amenazas concretas contra su vida, redobló su compromiso con su pueblo y prometió seguir siendo fiel a su ministerio, corriendo los riesgos que ello le exigiera.

Conocido y respetado

Su nombre se fue haciendo conocido y respetado en toda Latinoamérica y en el mundo. Recibió numerosas distinciones y reconocimientos, entre ellos el doctorado honoris causa que la Universidad Católica de Lovaina le otorgó el 2 de febrero de 1980 como reconocimiento en su lucha en defensa de los derechos humanos.

En su discurso denunció la represión de la que eran víctimas en su país las mayorías pobres, y la persecución sufrida por su iglesia en los tres últimos años, y señaló que no cualquier sacerdote ni institución había sido víctima de esa persecución, sino “aquella parte de la Iglesia que se ha puesto del lado del pueblo pobre y ha salido en su defensa”.

Sentenció: “El mundo de los pobres con características sociales y políticas bien concretas, nos enseña dónde debe encarnarse la Iglesia para evitar la falsa universalización que termina siempre en connivencia con los poderosos. El mundo de los pobres nos enseña cómo ha de ser el amor cristiano, que busca ciertamente la paz, pero desenmascara el falso pacifismo, la resignación y la inactividad” …

“El mundo de los pobres nos enseña que la liberación llegará no sólo cuando los pobres sean puros destinatarios de los beneficios de gobiernos o de la misma Iglesia, sino actores y protagonistas ellos mismos de su lucha y de su liberación desenmascarando así la raíz última de falsos paternalismos aun eclesiales. Y también el mundo real de los pobres nos enseña de qué se trata en la esperanza cristiana.”

El 17 de febrero de 1980 Romero escribió una extensa carta al presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, en la cual le pide que cancele toda ayuda militar a su país, que por entonces funcionaba como base de las operaciones del imperio contra la revolución sandinista que en julio de 1979 había triunfado en Nicaragua.

Marzo 1980, Ultima homilía

El Domingo de Ramos de 1980 (23 de marzo) Monseñor Romero pronunció desde la catedral la que sería su última homilía.

En su nota “Oscar Arnulfo Romero: abierto el camino a su beatificación”, Washington Uranga señala que: Dada la censura noticiosa existente, el obispo solía utilizar su homilía dominical no sólo para reflexionar sobre los textos bíblicos sino para dar información sobre la situación política, económica y social de un país que se encontraba en guerra civil y gobernado por la ultraderecha militar.

Bajo el subtítulo “Hechos nacionales”, ese día Romero habló de “una semana tremendamente trágica”, informó que los militares asesinaron en La Laguna a un matrimonio campesino, a sus hijos de 13 y 7 años y a 11 campesinos más.

Que en Arcatao en esos mismos días fueron asesinados dos campesinos y un niño, en Calera de Jutiapa otro, y que lo mismo ocurrió con 15 campesinos en Hacienda Colima, y 16 en Suchitoto. En todos los casos la denuncia estaba acompañada de nombres de los muertos y circunstancias en los que ocurrieron los asesinatos.

En esa oportunidad, Romero leyó también en el púlpito un informe de Amnistía Internacional indicando que “a pesar de que el gobierno lo negó” el organismo “ratificó hoy que en El Salvador se violan los derechos humanos a extremos que no se han dado en otros países”. Y agregó que “el vocero de Amnistía dijo que los cadáveres de las víctimas aparecen con los dedos pulgares amarrados a la espalda” y que “también aplicaron a los cadáveres líquidos corrosivos para evitar la identificación de las víctimas por parte de los familiares y para obstaculizar las denuncias de tipo internacional”.

En otro párrafo Uranga agrega: Después de registrar los datos del asesinato de más de 200 personas en una semana, el domingo 23 de marzo Romero denunció que la intención del gobierno “es decapitar la organización del pueblo y estorbar el proceso que el pueblo quiere”. Pero advirtió que “sin las raíces en el pueblo ningún gobierno puede tener eficacia, mucho menos cuando quiere implantarnos a fuerza de sangre y dolor”.

Romero dedicó un pasaje especial de su homilía a apelar al Ejército salvadoreño en forma enérgica y  frontal: “Yo quiero hacer un llamamiento especial a los hombres del ejército, y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles. Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice ‘no matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla.

“Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La iglesia defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios: ¡cese la represión!”  (2)

Al día siguiente de la pronunciación de esta encendida homilía, el 24 de marzo de 1980, mientras oficiaba la Eucaristía en la Capilla del Hospital La Divina Providencia, Monseñor Óscar Arnulfo Romero fue asesinado con un disparo a su corazón.

El nombre de quien efectuó ese disparo, Marino Samayor Acosta, se conoció recién treinta y un años después, como resultado de una investigación iniciada en 2009 por el gobierno salvadoreño en acatamiento a un mandato del año 2000 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

El francotirador integraba un comando militar dirigido por el mayor Roberto d’Abuisson, quien creó la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), partido que gobernó hasta 2009. Paradójicamente, fue su hermana, Marisa d’Abuisson, quien años después del asesinato de Monseñor Romero, creó la fundación que promovió su beatificación. + (PE)

(1) (http://www.elmundo.es/internacional/2015/05/23/555fc3b946163f097c8b459a.html Autor de la nota: Rafael J. Álvarez)

(2)(https://www.youtube.com/watch?v=2rsASJglK0s)

 SN 0115/16

 

 

 

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Un comentario sobre “A 36 Años Del Asesinato De Monseñor Romero

  1. En algún lugar que no recuerdo leí que poco antes de su muerte viajó a Roma y logró entrevistarse con el Papa Juan Pablo II, a quien informó de cuanto ocurría en El Salvador, recibiendo como respuesta la desaprobación del pontífice por su injerencia en matéria de política y la orden de que mantuviese buenas relaciones con el gobierno salvadoreño.
    Me llama la atención no encontrar referida esa entrevista. ¿Será que estoy mal informado o confundido y eso no sucedió nunca?

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