“Mientras quede un cachito de memoria, la muerte no existe”

Mauricio_Rosencof

Mauricio Rosencof, escritor uruguayo

Por Daniel Cholakian

Desde Nodal Cultura

 Toda entrevista a Mauricio Rosencof debería contener el audio de sus palabras. Porque sus respuestas difícilmente puedan comprenderse en toda su dimensión sin la gestualidad de su hablar. Las pausas, los finales de frases aspirados, el modo de tejer complicidad con quien lo escucha. Sus palabras, como las que construyen el universo que representa ese barrio, aldea, comarca que es el naciente Flores de “La segunda muerte del Negro Varela”, están resignificadas por el modo de decir.

Es imposible no vincular esta última novela de Rosencof con la anterior, “Medio mundo”. No solo porque ambas remiten al relato bíblico y a la mitología cristiana, sino por la idea de un pequeño mundo que contiene todo el tiempo y el espacio pasible de ser contado, además la intuición de que lo universal surge, inevitablemente, de los sectores populares.

“El negro aparece en el tartagal donde vivía, mirando el cielo, crucificado en la carretilla, que era su herramienta de trabajo. Se la habían regalado después de acarrear toneladas de conchillas para una cancha de bochas. Se desfondó y se la dieron, y era su instrumento de trabajo. Hacía mudanzas con eso, cargaba leña, carbón, kerosene. Una vez se vanagloriaba de haber cargado un ropero de soltero para un altillo.

¡Imaginate!”, relata Rosencof adelantándose a cualquier pregunta. “No había médico en el barrio, entonces trajeron al veterinario. Pero Pedro Bruni no era siquiera veterinario. Trabajaba en la facultad de veterinaria. Era lo más parecido a un doctor que tenían. Alguien tenía que certificar al occiso. No había deudos, no había donde velarlo”.

“Medio mundo” y “La segunda muerte del negro Varela” muy emparentadas. Por un lado son un relato nuevo de un mito que está en el origen del cristianismo. Ocurren en una comunidad cerrada, el conventillo en un caso, el barrio en el otro y además relatan un mundo habitado por sectores populares que podrían vivir en cualquier ciudad de América Latina.

Tal cual. El mito cristiano es una referencia comunicacional. Los primeros cristianos vivían en común, tenían todo en común y cada cual retiraba según sus necesidades. Al fin de cuentas seguimos peleando por eso.
El barrio del Negro Varela  es un barrio está naciendo. Como nacían las aldeas en nuevo Oriente y eso tiene que ver con el símil que hay en la novela. Y acá hay una relación porque los grandes acontecimientos vienen de los barrios. Hasta la Revolución Francesa salió de los barrios.
Una aldea, para ser tal, necesita inaugurar el cementerio. Necesitan el primer muerto. Y para eso está el negro Varela, que vivía ahí, medio tirado en el tartagal. Y él mismo se plantea su resurrección. No conscientemente, claro, porque lo están velando. Pero el negro Varela no sólo aporta su mortandad para afincar el barrio. Además tenía un lenguaje propio, era un creador de idioma y eso le identidad al barrio.

¿Cómo piensa que los lectores se comunicarán con ese habla tan propia de un momento y de un lugar con la que construye la novela?

Llegado el caso, en algunas generaciones, haciendo algún esfuerzo, como los lectores del Quijote tienen que hacerlo para entender el idioma de Cervantes hace 400 años. Además un montón de palabras de las que se usan en los barrios las tenés integradas en el diccionario. Si al fin y al cabo la real academia no crea nada, recoge más o menos, selecciona. Pero estos personajes son los creadores. El negro ponía la carretilla contra el cordón diciendo que “la estacionaba”, porque le decía “El Chevrolé”. “Cuídamela botija que no tiene seguro”, decía cuando llegaba al bar.

La historia del barrio, de la comunidad, del lenguaje, de los modos de comunicación, parecen persistir a pesar de los grandes cambios, como dice usted, tal vez de aquellos tiempos de las aldeas primeras.

La historia de la humanidad arrastra esos misterios de los que no tenemos respuestas. Razonamientos, ciencia y la gran puta. Yo me quedo con Einstein cuando decía que no creía en ninguna religión revelada, pero que había demasiada armonía en el espacio para que sea obra de la casualidad. La historia del negro Varela se inscribe en esa armonía.
Lo que había que reavivar es algo que está en la esencia de esta historia. Al negro Varela, al muerto Varela, en la última neurona, en un rinconcito perdido, le había quedado una imagen, un recuerdo, una memoria de su niñez. Y mientras quede un cachito de memoria, la muerte no existe.

En medio de la entrevista que es una charla amable, Rosencof pide un instante para terminar un caramelo de propoleo. La garganta exigida por incontables entrevistas pedía algo de sosiego. En esa pausa, que no es pausa de charla sino de entrevista formal, me pasa un cuadernillo que anuncia la reedición del libro “Memoras del calabozo”, que hace 30 años escribieron “a dos voces y cuatro manos” Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro. El libro, editado por Ediciones de la Banda Oriental, cuenta con prólogo de Eduardo Galeano. “No podían hablar ni siquiera con las cosas” dice Galeano a propósito de los años de tortura y confinamiento que vivieron durante años de dictadura, presos de cuartel en cuartel.

Algo allí, en esa historia, resuena en la idea de las voces y los modos de la comunicación popular que aparece en la obra de Rosencof. “La comunicación, lograda por un improvisado código morse, fue la clave de esa salvación. Tamborileaban los dedos y así ellos reconquistaban el negado derecho a la voz” escribió Galeano. Y no puedo evitar pensar en cómo los códigos del habla de los sectores populares tan reivindicados por Rosencof, son el modo en que los oprimidos reconquistan su siempre negado derecho a la voz.

Entonces hablamos un poco sobre el presente de la política en Uruguay: “Este es un buen momento, como todos los momentos, para seguir metiendo.  Es así la cosa. Pero no es poca cosa que está el “Bicho” (Eduardo Bonomi Varela) como ministro de interior, “el Ñato” (Eleuterio Fernández Hudobro) como ministro de defensa y Tabaré (Vázquez) de presidente. Ahora los peones rurales tienen ocho horas de trabajo y si querés una extra para arriar las ovejas al corral, tenés que pagarla. Ellos tienen seguro de salud y la empleada doméstica también. No son temas que son titulares, porque los titulares están en diarios que nosotros no tenemos y en canales que nosotros no manejamos. Por eso me parece que puede ser un engañapichanga eso de que las cosas están complicadas. Pero siempre tendremos la ley que Nicolás Guillén estableció en un verso que decía: ‘Ya estará el de abajo arriba, cuando el de arriba esté abajo’.  Esa es la ley, lo demás es comentario”.

Pensando nuevamente en la novela y su el final abierto, “La segunda muerte del negro Varela” parece proponer una suerte de permanencia que va más allá del tiempo y del espacio.

Nuestro final siempre es abierto. El final de la humanidad es abierto. Cualquier historia es abierta. Aunque le pongas punto final.

Una frase que repito en la novela es “No interrogues a la muerte, mirá si te contesta”. Esta idea surge de una canción de los indios makiritares que cita Eduardo Galeano en “Memoria del fuego”. La canción dice “Nacerán y volverán a morir, y otra vez volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca dejarán de nacer, porque la muerte es mentira.”
Pasa que nosotros creemos que en el momento en que estamos tienen que estar las grandes respuestas. Que tenemos que generar los grandes acontecimientos. Por eso andamos apurados. Pero esto es para siempre.

No es cuestión de andar interrogando a la vida…
Mirá si te contesta…+ (PE/Nodal)

SN 251/16

 

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