El asombroso Rosencof

mauricio_rosencof

Por Aníbal Sicardi (*)

 Bahía Blanca

“En condiciones infrahumanas, escribió en papel de fumar los versos de ‘La Margarita’, que luego musicalizó Jaime Roos, y los sacó de la prisión escondidos en los dobladillos de la ropa que su familia se llevaba para lavar” comenta Bárbara Schijman en su excelente nota sobre el uruguayo Mauricio Rosencof publicada por Página 12 el lunes 5.

La Dictadura de Uruguay lo mantuvo preso por 13 años junto al legendario José “Pepe” Mujica y al polémico por excelencia Eleuterio Fernández Huidobro (El Ñato), fallecido hace poquito. Allí, con Huidobro redescubren el telégrafo “La primera vez fue en la Navidad del ‘73, y la primera palabra que nos pasamos fue ´felicidades’. Así nos fuimos contando todo, la vida, las novias… Una vuelta me avisa a través del muro que andaba por cumplir años. Al otro día le escribí un poema a golpes de nudillo”. Por ese medio también se juramentaron que “que, como militantes, la tarea que teníamos ahí era resistir”

Resistir, palabra pronunciada que alerta ejercerse sin dejarse vencer, también sin quejarse -de ser posible- y sobre todo no permitiendo que se alteren las profundidades del ser. Conociendo al autor de “Memorias del calabozo”, editada hace tres décadas y pronta a ser filmada en España, la periodista Bárbara Schijman le larga la pregunta ¿Cómo logró resguardar el humor en tiempos de tanto de terror? “Es que andan juntos” responde el urugua.

Explica “Uno de los instrumentos que manejábamos en los calabozos bajo tierra era sacarle partido al humor a cualquier incidente…Y la vida tiene mucho sentido del humor. Es un punto de apoyo muy importante y básico, y nosotros lo tuvimos. El proverbio clásico habla de que los duelos con pan son menos. El humor, sin pan, fue un apoyo, porque le bajaba los decibeles al hambre, al dolor de muelas, a las ganas de ir al baño”.

Historia que con el Ñato (Huidobro) y el Pepe estuvieron incomunicados bajo tierra, en calabozos de 1.80 x 60 cm. Rehenes “esperando la boleta en cualquier traslado, que fueron 47 en total”. Les habían dicho que eran boleta y en algún traslado le dijeron “Llegó tu turno en la lista de espera”.

Bárbara le apunta “Imagino que el humor fue su gran aliado para mantenerse en pie…” El creador de “La segunda muerte del negro Varela” le detalla “Nunca es una sola cosa. La resistencia era saber que eso formaba parte de la lucha, que eso formaba parte de las alternativas que se nos daban. Y como en el tango, ni un reproche, ni una queja. Cuando uno arranca a transitar el camino de la militancia y la igualdad sabe que se puede encontrar con una manifestación estudiantil, con una balacera, una novia, un palo, la cana, un balazo, la muerte, la presidencia, el gobierno. El camino sigue; eso es para siempre. Es el esfuercito que cada uno de nosotros propone hacer”.

Con el morse jugaban al ajedrez. Tenían tiempo. Lo hacía con el Ñato. “Él se había hecho un tablero no sé dónde y yo me lo había hecho en un papel”. Cuenta que en una partida se habían peleado. Si jugaba con Huidobro no podía menos que franquear ese acontecimiento.

Ese hecho, el de jugar al ajedrez, trae al recuerdo lo que me contaban, hace tiempo, dos hermanos -de sangre- que estuvieron presos en La Coronda en Argentina. Consiguieron un tablero y las piezas del juego. Allí estaban jugando en la celda. Vino el carcelero y se lo llevó. Con paciencia fabricaron las piezas con miga de pan. Imaginaron el tablero y jugaron pacientemente. Vino el carcelero, pisoteó las piezas y se llevó las migas. Tozudos idearon en sus mentes el tablero y las piezas. Jugaban de memoria. El carcelero los veía uno frente al otro, sospechaba que seguían jugando al ajedrez, pero… ¿Qué podía hacer?

Ese juego apela a pensar sobre la existencia por lo que la periodista de Página 12 le pregunta ¿Qué sucede con la noción del tiempo y la realidad en medio del encierro?

“Estábamos en un pozo, literalmente, donde no corría el aire. A veces los milicos se iban de la guardia porque aquello era irrespirable. Eran calabozos bajo tierra. Salimos todos con nuestras toces -memoria Rosencof-. El tiempo es algo que no sabemos. Hay una cosa muy curiosa sobre la que me gusta incursionar que son los tiempos de la memoria. Los recuerdos no tienen almanaque, no tienen agujas de reloj. Se te presentan en forma simultánea la infancia, la adolescencia, la novia, lo que hiciste ayer, los tallarines de la vieja… Están todos en un mismo plano. Resulta que en el tiempo no pasa el tiempo. Entonces eso nos lleva a confusiones”

Amplia “A veces pensamos que los grandes acontecimientos tienen que producirse en el transcurso del tiempo que nos toca ser racionales. Entonces creemos que a los 40 en la actividad que nos queda, hay que cambiar el mundo, hacer la revolución. Se ha escrito mucho acerca del tiempo. Hay un cuento de Jorge Luis Borges en el que alguien a quien van a fusilar sólo pide a Dios tiempo para encontrar el final de una obra de teatro. Ese juego de tiempo se va produciendo mientras lo vienen a buscar y lo llevan al paredón y él sigue con la obra y de pronto pumba, encontró el final, y suenan los disparos”.

¿Y los niños? -Bárbara quiere saber- ¿Cómo era eso de andar “con los niños en los pies”? Se le responde con un respeto que hace recordar la calidez de Albert Camus hacia la niñez. “Vivíamos en un mundo sin niños. No se puede vivir en un mundo sin niños. Estábamos con el Pepe y el Ñato bajo tierra, trece años, mascando moscas, bebiendo nuestros orines. Una vez por día nos llevaban al escusado. Esposados. Más de una vez las ratas nos saltaban entre las patas. Para la higiene había en un rincón pedazos de diarios. Si por esas cosas había en esos cachos de diarios un rostro de niños, un niño en medio de las noticias, tratábamos de empalmarnos un trozo. Luego, en el calabozo, lo guardábamos en el zapato. Los tres pasos que podíamos dar ahí lo hacíamos caminando con un niño en los pies”.

Con sus 83 años se despide con un “La seguimos la próxima. Tenemos la vida por delante”. +(PE)

Foto de Carlos Contrera

(*) Pastor (j) de la Iglesia Metodista Central de Bahía Blanca.

SN 331/16

 

 

 

 

 

 

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