ES EL PETROLEO, ESTÚPIDO.

petroleo

Por Hugo Muleiro*

Buenos Aires

Ni la corrupción ni unos cambios en el registro contable de las partidas estatales: Lo que desencadenó la prolongada maniobra que se concretó en el golpe de Estado en Brasil, dice Hugo Muleiro, es el petróleo, la codicia en torno de las formidables reservas en la costa Atlántica que fueron descubiertas, vaya paradoja, durante el gobierno de Lula

Las oligarquías suramericanas están viviendo con indisimulable regocijo el derrocamiento de la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, en tanto representa la sonora derrota política de un proyecto nacional y regional que odian profundamente y contra el que han luchado siempre, entregándose para ello sin timidez a los intereses de potencias extra regionales y a corporaciones multinacionales.

Al fin subdesarrolladas, como las naciones cuya riqueza quieren acaparar, en la euforia ni siquiera se dejan espacio para advertir los riesgos que conlleva hasta para sus intereses un Brasil abierto al asalto de recursos incalculables, en primerísimo lugar la formidable reserva de petróleo de la capa presal, en el Atlántico, descubierta durante el gobierno del tan despreciado Luiz Inacio Lula da Silva.

Así como el golpe en Brasil necesitó para concretarse del aporte de los medios con posición dominante en ese país, encabezados por el grupo Globo, con un esperable concierto de acompañamiento de los diarios principales de todos los países de América del Sur, el relato y las interpretaciones tras la consumación del asalto al poder continúan y aún profundizan el uso de recursos como la manipulación, la mentira y la censura. Según se mire, es una matriz de operación que se aplica en muchas otras circunstancias, por ejemplo, para incidir de manera decisiva en resultados electorales, como lo comprobó la Argentina durante la campaña de 2015.

Uno de los pilares de la estafa política es el uso de la comunicación para asociar a la totalidad del gobierno de Rousseff a las maniobras de corrupción denunciadas en la empresa petrolera estatal, Petrobras, y en vincular específicamente a la presidenta a esa práctica, si bien ella no recibió acusaciones por ese delito y, en rigor, por ningún otro. Pero, como se sabe, en toda operación de asalto ilegal al poder lo último que importa es la verdad.

Por lo mismo, se oculta alevosamente que también dirigentes de los partidos conservadores que derrocaron a Rousseff están tan acusados como los del PT de beneficiarse con las acciones del “Lava Jato”, como se conoció al caso de Petrobras. El primero en la lista es el usurpador de la presidencia, Michel Temer.

La descripción de la corrupción como marca exclusiva y excluyente de los gobiernos del Partido de los Trabajadores, que replican tantos diarios de capitales suramericanas, sea porque lo escriben por sí mismos o porque lo copian de las agencias de noticias occidentales, es la versión regional del modelo aplicado por los medios dominantes argentinos respecto de las gestiones de Néstor y Cristina Kirchner.

En este contexto no puede sorprender que estos medios convaliden el golpe, por empezar negándole esa condición, luego ponderando el procedimiento en el Senado como “perfecto”, destacando una y otra vez que “se cumplieron los plazos legales” y “hubo derecho a defensa”, y mencionando sólo al paso y cuando les resulta inevitable la endeblez de las acusaciones hechas a la mandataria elegida por los brasileños, unos supuestos desarreglos en el asiento de partidas estatales que, como debió reconocer uno de los columnistas, son comunes al 99 por ciento de los gobernantes del mundo.

Tampoco puede resultar llamativo que para denigrar a los gobiernos del PT se afirme que esa fuerza fue la “creadora” de los circuitos de corrupción en Petrobras, como lo hizo Clarín el domingo 4 de septiembre, censurando el hecho de que las acusaciones en torno del manejo de los fondos de la empresa comenzaron antes de la llegada de Lula al poder. Claro que en tren de mostrar a Cristina Fernández de Kirchner como el mismísimo demonio hay que lanzar una dispensa a Dilma: el diario quiso disculparla en una de sus columnas más “prestigiosas” ya que ella “protegió” el sistema de corrupción, pero no lo puso a su servicio personal.

Otra referencia totalmente ocultada a los esclavos mediáticos es que el golpe en Brasil es la versión levemente perfeccionada de los mecanismos ya usados en Honduras, en 2009, para derrocar al presidente constitucional Manuel Zelaya, y en Paraguay, en 2012, para arrebatarle el cargo al mandatario Fernando Lugo.

Y, finalmente, se oculta rigurosamente el factor determinante de la ofensiva para restablecer a la derecha entreguista en el poder en Brasil: las cuantiosas reservas de petróleo descubiertas durante la gestión de Lula en la capa presal, en la costa Atlántica, primero estimadas en 30 mil millones de barriles de petróleo, cantidad más que suficiente para explicar más de un golpe de Estado en cualquier continente, o la partición de países, guerras, el arrasamiento de territorios completos, el surgimiento de nuevos ejércitos.

Si 30 mil millones de barriles son suficientes para producir esos desgarramientos, ni hablar si son 40 mil millones, como se verificó después, o 60 mil millones, como se calculó posteriormente, y mucho menos se puede prever la magnitud de las fuerzas que se mueven a escala universal, y las acciones de las que son capaces cuando, como dicen los geólogos Clevelan Jones y Hernane Chaves, del Instituto Nacional de Petróleo y Gas de la Universidad Federal de Río de Janeiro, estas reservas pueden ser en realidad de 273 mil millones de barriles.

“El cálculo que hicimos es conservador y tiene una probabilidad del 90 % de ser realidad”, dicen los investigadores.

Con Dilma suspendida, las fuerzas conservadoras que tomaron el poder se apresuraron a preparar la entrega de esta riqueza. Ya en julio, la Comisión Especial de Petrobras y Exploración de Presal de la Cámara de Diputados aprobó un proyecto del legislador José Carlos Aleluia, del partido derechista Demócratas, para arrebatarle a Petrobras el control de la exploración en las aguas jurisdiccionales en el Atlántico, de las que salen actualmente un millón de barriles de petróleo por día, aproximadamente un tercio de la producción nacional.

La ley vigente, la 12.351/10, aprobada en la época de Lula, establece que la empresa estatal debe tener siempre el control de las acciones de exploración y producción de petróleo, aunque claro puede asociarse a otras compañías. El proyecto que avanza ahora propone derogar esa cláusula, lo que deja la riqueza petrolera del país en manos de las multinacionales del sector.

¿Se conoce, en la historia universal, un motivo más reiterado que el del negocio petrolero para desencadenar golpes de Estado? Y mucho más si el caso es así: “Es necesario usar ese patrimonio para hacer una reparación a los pobres de este país. Precisamos aprovechar este petróleo para transformar a Brasil en una nación más fuerte, más soberana y mucha más dueña de sí misma” (Luiz Inacio Lula da Silva, septiembre de 2010). + (PE/ La Tecla)

*Escritor y periodista, presidente de Comunicadores de la Argentina (COMUNA).

SN 347/16

 

 

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