Naturalizan la violencia y la injusticia

 

 

qunitasQuemarían cunas

                                                                             Por Graciela Sonia Gutiérrez

                                                                            Trelew

En julio de 2015, el gobierno nacional anunció el lanzamiento del Plan Qunita. La información oficial señalaba que en la primera etapa del plan serían beneficiados 90.000 bebés, mientras la cifra por año se estimaba entre 150.000 y 200.000.

La noticia alentó fuertemente la esperanza de que los niños y niñas nacidos en las familias más humildes de nuestro país tuvieran la misma posibilidad que los niños finlandeses.

Aproximadamente un año antes me asombró un titular en facebook: “Por qué los bebés de Finlandia duermen en cajas de cartón”. La nota había sido publicada por la BBC y replicada por algunos medios argentinos, entre ellos Clarín y La Nación.

En Finlandia, la entrega de “la caja” a las parejas que están próximas a tener un bebé es ya una tradición de casi ocho décadas, cuyo objetivo es que “todos los niños finlandeses, sea cual sea su condición social, tengan un inicio de vida equitativo”.

Con respecto a las condiciones para poder acceder al plan en Argentina, se estableció que las madres debían ser titulares de la Asignación por Embarazo y que debían inscribirse en el centro de salud u hospital público más cercano.

El Ministerio de Salud destacó: “esta estrategia potencia las políticas para la reducción de la mortalidad materno infantil al mejorar la calidad y el número de controles prenatales, fomentando los nacimientos en Maternidades Seguras. Para ese fin, Qunita incentiva la estrategia de Alta Conjunta y fomenta prácticas sanitarias científicamente recomendadas, como la lactancia materna y el sueño seguro”.

Se buscaba evitar las dos mil muertes de bebés que se producían habitualmente en hogares donde, por falta de recursos para comprar una cuna o un moisés, los recién nacidos comparten la cama con sus progenitores (colecho)

Sin embargo, contrariamente a la experiencia finlandesa, el proyecto tendría corta vida en nuestro país, apenas algunos meses. En abril de este año, el actual gobierno derogó el Plan Qunita y dejó 60.000 kits sin entregar, alegando la supuesta “peligrosidad de algunos elementos fundamentales que componen los kit”.

Tal argumento se basó en  una particular interpretación de un informe que el INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial)  elaboró en 2015, a solicitud del propio gobierno responsable del plan, y en advertencias de la Sociedad Argentina de Pediatría, acerca de los riesgos que podía provocar  un mal uso de los elementos, que no implicaban la necesidad de interrumpir la continuidad del plan ni de destruir los elementos.

A principios de la semana pasada el juez Claudio Bonadío ordenó quemar las 60 mil cunitas y los sacos de dormir, y días después rechazó el pedido del fiscal Eduardo Taiano con respecto a no destruir los elementos y buscar la forma de acondicionarlos y adecuarlos.

Frente a la decisión del juez Bonadío y el silencio del ejecutivo nacional, se oyeron las voces de referentes políticos del kirchnerismo, instituciones sociales y de derechos humanos, de pediatras y neonatólogos. Entre estos últimos, la neonatóloga Adriana Gorenstein, que señaló que “el programa Qunita previene el síndrome de muerte súbita del lactante y provee un lugar seguro”.

Por su parte Alicia Benítez, ex jefa de la Unidad de Neonatología de la Maternidad Sardá, explicó que durante los meses en que funcionó el programa se habilitó una línea 0800 en la que se recibieron alrededor de 20 mil llamados, sin que se hayan registrado situaciones de riesgo.

En 1939, cuando se implementó el plan finlandés, el país tenía elevados índices de pobreza y de mortalidad infantil. Las cajas se entregaban solo a las familias con menos recursos, con la condición de que las madres cumplieran con los cuidados prenatales. A partir de 1949 se le empezó a entregar a todas las familias, y posteriormente se sumaron otras medidas, como un sistema de seguridad social nacional y una red de hospitales centralizada.

Entre 1938 y 2013, la mortalidad infantil descendió de aproximadamente 70 a menos de 5 por mil. El contenido de la caja fue variando de acuerdo a los cambios en el estilo de vida y a los avances en cuestión de neonatología y cuidado del ambiente, pero a través de los años se consolidó como un símbolo de igualdad social y de que cada niño que nace es importante para la sociedad y para el estado, independientemente de la situación económica de su familia.

En Argentina, se pretende imponer otro símbolo que reemplace al de igualdad social. La orden judicial de “Quemar 60 mil kits de cunitas y sacos de dormir” tiene una fuerte carga simbólica que encierra valores opuestos a él. Constituye en sí misma un brutal ejercicio de violencia social, porque independientemente de que las cunas y los sacos de dormir tuvieran algún problema de diseño, nada permite justificar la destrucción de los materiales empleados en su confección. Los niños que no las recibirán, son niños argentinos que las necesitan, tan inocentes y necesitados de protección como cualquier recién nacido.

Una medida de este tenor no es gratuita. El daño social que provoca es muy grande. Educa, y educa mal. + (PE)

SN 351/16

 

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