El amor de dos monjas

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Por Anibal Sicardi

Bahía Blanca

Pinerolo es un pueblo con 50 kms2 de superficie y unos 50 mil habitantes. Se encuentra en la provincia de Turín y en la región del Piamontes.

Recuerdo su nombre porque en algunas ocasiones mi abuelo paterno, piamontés, lo nombraba en una de sus repetidas anécdotas. También porque en mi estadía en Uruguay descubrí que el Club Peñarol le debe el nombre a ese espacio geográfico que, en lo que fue común, la deformación lingüística, lo transformó en Peñarol

La más francesa de las ciudades de Italia a la que Edmondo De Amicis llamó la “Niza de Piamontes” por su clima y belleza, tiene Ayuntamiento propio. Ese reconocimiento administrativo posibilitó que el actual Alcalde presidiera la “unión civil” (casamiento) de dos monjas que habían dejado los hábitos. Fue la primera vez que en Pinerolo se oyó decir “el sí” a dos mujeres. Y porque ellas eran “religiosas” ese pueblo pasó a ser noticia mundial mediante  los diarios, radios y televisión de todo el continente.

Federica e Isabel son las protagonistas de una hermosa historia de amor. Como monjas franciscanas se conocieron ejerciendo humanitaria labor en Guinea, Bissáu, Africa. Su amor se cocinó a fuego lento, como la generalidad de los amores humanos. La cercanía de sus edades, 44 y 40 años, le brindaba experiencias comunes forjadas en el convento y en la práctica. Reconocieron la profundidad de sus sentimientos. Decidieron casarse. Lo hicieron en Italia cuya ley autoriza el casamiento entre personas del mismo sexo.

Luego de fijar la fecha, Federica e Isabel acordaron con el alcalde, Luca Salvai, adelantarla 24 horas. No querían un circo mediático y si la intimidad de su decisión, que fue compartida con amigos y amigas de confianza. Posteriormente Salvai declaró que “Nosotros en el ayuntamiento tampoco buscamos la publicidad” “Era su celebración y, personalmente, me complace haber podido ayudarlas a hacer realidad su deseo”. Agregó “Fue emocionante”

Muchos medios recalcaron, especialmente en subtítulos, la tristeza del Papa ante este hecho Abundó el comentario de la Secretaría de Estado sobre que “el Papa se entristeció al leer la noticia de las monjas” No vale discutir si fue así o no pero la verdad es que el Papa ya lo sabía de hace tiempo.

Ambas monjas hicieron los trámites correspondientes ante el Vaticano. Se sabe, y es lógico, que esa tramitación no es de hoy para mañana, sino que lleva su tiempo y múltiples conversaciones entre distintos y distintas dirigentes que incluye las personas solicitantes, Federica e Isabel.

Es difícil saber el tiempo de esas gestiones ¿Un mes?  ¿Seis meses? ¿Un año? No importa. Lo cierto que se necesita tiempo y en ese lapso Bergoglio hizo importantes y agudas declaraciones sobre la homosexualidad.

Más que entristecerse por la tristeza del Papa hay que alegrarse por su grandeza. Sabiendo lo que se le venía no resignó sus posiciones sobre el espinoso tema que alimentaba a sus opositores.  Buena la expresión del periodista Washington Uranga en su artículo en Página 12 el domingo 9, sobre otro tema, no este, donde el analista uruguayo-argentino configura la expresión futbolera “Francisco, un jugador de toda la cancha”

También tienen grandeza quienes fueron dos monjas franciscanas y se casaron el 28 de setiembre.  Comentaron que rechazaron “un consejo que se escucha a menudo en los conventos, el de vivir juntas como hermanas: ‘basta que no digáis nada y no provoquéis escándalo'” Consideraron ese pedido como “una vía cómoda y falsa”.

Mencionaron que “Hay muchos casos como estos: sacerdotes y religiosas que viven clandestinamente sus relaciones con hombres y mujeres. Pero en el Evangelio, Jesús condena la hipocresía, no a los homosexuales. Y por eso hemos decidido dejar la vida religiosa y emprender un camino de libertad, fe y serenidad, sin escándalo”

Afirmaron que fue “una elección difícil pero no infeliz” Ahora estarán como en Africa donde trabajaban codo a codo ya que “Dejar el hábito religioso significa hallarse de un día para otro en la condición de quien no sabe cómo juntar comida y cena, encontrar un trabajo, sin ayudas ni pensiones. Quien sale del convento, en vez de ser ayudado a reinsertarse en la sociedad, es abandonado”

Arrojan la invitación a quienes en la Iglesia están en su misma situación a “no tener miedo”. Para ello les recuerdan el comentario del Papa al preguntársele sobre los homosexuales y respondió “¿Quién soy yo para juzgar?”. + (PE)

SN 378/16

 

 

 

 

 

 

 

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