Puros e impuros

Por Guido Bello Henríquez (*)

Buenos Aires

En su camino a Jerusalén, pasó Jesús entre las regiones de Samaria y Galilea.  Y llegó a una aldea, donde le salieron al encuentro diez hombres enfermos de lepra, los cuales se quedaron lejos de él gritando:

—¡Jesús, ¡Maestro, ten compasión de nosotros!

Cuando Jesús los vio, les dijo:

—Vayan a presentarse a los sacerdotes.

Y mientras iban, quedaron limpios de su enfermedad.  Uno de ellos, al verse limpio, regresó alabando a Dios a grandes voces,  y se arrodilló delante de Jesús, inclinándose hasta el suelo para darle las gracias. Este hombre era de Samaria.  Jesús dijo:

—¿Acaso no eran diez los que quedaron limpios de su enfermedad? ¿Dónde están los otros nueve?  ¿Únicamente este extranjero ha vuelto para alabar a Dios?

Y le dijo al hombre:

—Levántate y vete; por tu fe has sido sanado.

Evangelio de Lucas, 17.11-19, Biblia Dios Habla Hoy.

leprosos

Solamente el evangelio de Lucas nos cuenta este relato donde se representa a esa segunda generación de cristianos en la persona de un “impuro” samaritano: impuro racial, mezcla de caldeos y vaya a saberse de quiénes más, traídos desde Babilonia adonde habían sido llevados cautivos los judíos, según la costumbre imperial de mezclar pueblos dominados, lenguas, culturas y costumbres, digamos globalización a la fuerza, como los Quilmes de ayer y los migrantes de las guerras imperiales de hoy.

Pero los samaritanos eran además impuros religiosos. Habían aceptado la religión de Yavé solamente en la versión de los libros llamados de Moisés, el legendario liberador que había renunciado a su adoptada identidad egipcia. No les interesaban las sagas de la decadencia de esos israelitas y judíos acomodaticios frente a los imperios que los habían dominado: asirios y babilonios, medos y persas, griegos y romanos.

Esos samaritanos además eran heréticos en su rechazo al culto judío y al mismísimo templo de Jerusalén. Habían construido su propio templo en Siquem, territorio de la Samaria, una cuña sangrante entre Galilea al norte, también despreciada, y Judá al sur, oficial y ortodoxa. Por ello los judíos no se hablaban con los samaritanos, y hasta preferían cruzar dos veces el río Jordán cuando tenían que cruzar de Galilea a Judá y viceversa.

Y por eso los samaritanos aparecen repetidamente en esa literatura dirigida a las primeras comunidades cristianas como ejemplos de los “diferentes”: la mujer de Samaria que dialoga sorprendentemente con Jesús, según el evangelio de Juan; el buen samaritano que sorprende superando largamente a religiosos y leguleyos en la historia del hombre asaltado en el camino de Jerusalén a Jericó –Lucas 10– y ahora en este texto del leccionario ecuménico del próximo domingo 16.

Es interesante recordar que cuando Lucas terminaba de escribir su evangelio, ya no existía ninguna discusión con los samaritanos, ya estaba destruido el templo de Jerusalén en el año 70 por el Emperador Tito, e Israel había dejado de ser una nación y dispersada totalmente su población. De manera que la evocación de los samaritanos era solo literaria y provocativa para los lectores cristianos, convocados a ubicarse entre los “diferentes”.

En el relato del evangelio de Lucas salen al encuentro de Jesús diez hombres leprosos, que ni siquiera se atreven a acercarse a Jesús, como les indicaba la ley antigua, impuros según los sistemas de salud y según los criterios de la moralidad, y sólo se atreven a gritar desde lejos: “Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros”.

¿Qué hace Jesús con estos diez leprosos? En este caso simplemente les manda a presentarse ante el sacerdote para que sean revisados de nuevo, a ver si todavía tienen lepra o si tienen algún otro problema de la piel o si puede declararse que se han sanado. Y vemos que aceptan ir, por lo visto confiando, esperando ver qué pasa con este Jesús.

“Y mientras van, quedan limpios de su enfermedad. Y uno de ellos, al verse limpio, regresa alabando a Dios a grandes voces, y se arrodilla delante de Jesús, inclinándose hasta el suelo para darle las gracias. Este hombre es un samaritano”.

Jesús destaca este hecho: el único agradecido entre los otros nueve es un samaritano. El más marginado entre los leprosos, el impuro según los códigos de la raza, el impuro según la religión, el impuro según la liturgia oficial, el impuro entre los impuros, este es el único que vuelve a agradecer a Dios en la persona de Jesús, el único que vuelve a celebrar la vida, la restitución a la comunidad, a su familia y a su dignidad.

En realidad, en esta historia, Jesús es el leproso que vive libremente con los más pobres, los impuros de la religiosidad farisaica, el que come con los que no pueden pagarle a los sacerdotes el sacrificio para su purificación, el que camina con prostitutas, campesinos sin tierra y pescadores sin barcos, con todos los dispuestos a celebrar la vida y el abrazo de la comunidad de la fe y la esperanza.

Jesús es condenado por el aparato religioso y por el aparato imperial, justo por ser el peligroso diferente ante el sumo sacerdote y ante los escribas y fariseos y saduceos, por ser el diferente frente a la soberbia de los Herodes, los Pilatos y sus lacayos uniformados, por vivir agradecido ante el Dios del amor, compartiendo la mesa de los rechazados y marginados.

Y por eso es que Lucas y Juan nos cuentan estas historias de samaritanos, los impuros de ayer, para mostrarnos contentos y agradecidos entre los impuros de hoy: entre infectados de sida que aspiran a vivir con nuevos criterios de salud, entre campesinos desalojados por la soja que quieren hacer una cooperativa de trabajo, entre diferentes según los códigos de la sexualidad impuesta que piden una bendición para su unión, entre madres solas y jóvenes desocupados que venden productos de limpieza, entre refugiados en un campamento…

Las primeras comunidades de seguidoras y seguidores de la nueva fe van descubriendo que Jesús es el que se hizo leproso entre los leprosos y va repartiendo amor y solidaridad entre ellas y ellos, los que viven como Jesús la gratitud y la alegría por la aceptación ante Dios y entre la comunidad de los leprosos, y que descubren un día que por esa fe ya no tienen lepra ni ningún estigma, y que viven contentos y agradecidos por esa dignidad de hijos aceptados y aceptadas de nuevo por un padre también muy, muy diferente. + (PE)

(*) Pastor de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina. Educador.

SN 377/16

 

 

 

 

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