Pastor Oscar Bolioli 1935-2017

Bolioli II

Por Aníbal Sicardi
Bahía Blanca

 
En su querida Montevideo falleció el pastor Oscar Bolioli el domingo 18 de junio. Había nacido el 23 de noviembre de 1935.
Proclive a ocupar cargos de relevancia, su partida lo encontró siendo presidente de la Federación de Iglesias Evangélicas del Uruguay. Pudo haber sido alguna otra entidad de las muchas que presidió pues era su ser estar allí, en esos espacios de dirección, donde podía desplegar su capacidad de liderazgo y de colocar el cuerpo, el corazón y la mente acompañado de la visión superadora de lo eclesial.

La épica de su presidencia en la Iglesia Metodista en el Uruguay (IMU) de los años 1974 al 1979 arroja señales al respecto. Se produjo el golpe militar que los uruguayos no estaban acostumbrados. Creían que sería un momento, no más, pero que se quedó con sus improntas de la época. Se agregó que los militares tenían en la mira a los metodistas por su alta participación social y a Bolioli como uno de los participantes de esa tendencia.

“Ese era el tiempo de encarnar la demanda evangélica de extender la mano y proteger al caído” comentaba Bolioli tiempo después. Algo sencillo que emanaba de la simpleza del evangelio. Sin embargo, existía el subterráneo contextual donde se afincaba la convicción dictatorial de que al caído había que aplastarlo y terminarlo. Ergo, la samaritana actitud de esos metodistas eran gestos subversivos para la Dictadura.

Tiempo atrás, el joven Bolioli había aceptado el desafío del Obispo Carlos Gattinoni, entonces pastor de la Iglesia Central de Montevideo, para que se dedicara al pastorado. Estudió en la provocadora Facultad Evangélica de Teología (FET), con sede en Buenos Aires, por lo que poseía un aparato informativo y pensante que lo ubicaba en situaciones tensas como la que debía afrontar frente a la Dictadura.

Ese momento fue una de esas instancias de la historia donde los líderes juegan (o no) el rol que le corresponde. Bolioli se puso la IMU sobre los hombros. Decidió dar lo más que podía de si y para el resto confiar en Dios. Oteó el panorama concluyendo, obvio, que “la lucha era desigual”. La Dictadura con la totalidad del poder. Los metodistas con una iglesia “pequeña” en un marco de iglesias evangélicas donde, exceptuando a la Valdense, no estaban dispuestas a enfrentar el poder y una Iglesia Católica Romana cuya dirigencia quedó inmersa en la ambigüedad.

No había lugar para las alianzas internas. El fortalecimiento había que encontrarlo en el exterior. “Buscamos generar apoyos, creamos redes de resistencia que nos dieran cierta protección a nivel Internacional” fue la estrategia de Bolioli. Aquilataba experiencia al respecto por su participación en ISAL (Iglesia y Sociedad en América Latina).

“No solo hay que mover, sino saber que se mueve y para que” aseguraba Bolioli. Bajo esa premisa obtuvo el apoyo del Concilio de Obispos Metodistas en EE.UU. Sus integrantes eran bien considerados en ese país y con relaciones en el sector del poder político. Desde allí no decayó hasta que también obtuvo el guiño del Departamento de Estado de EEUU para concretar medidas, como la visita de los obispos metodistas estadounidenses, que descolocaron al gobierno militar y tuvieron que aflojar en medidas como la de permitir que los metodistas visitaran a sus presos, con todo lo que ello significaba, que no era solo llevar tortas e información del mundo fuera del penal.

Entre las cualidades de Bolioli se encontraba la de ejercer cierta “limpieza” en su accionar por lo que los militares no lo podían acusar de estar asociados a los tupamaros o de otras cuestiones similares.

Trazos ajedrecísticos produjeron fisuras en los militares que eran superados por los alfiles del presidente de la IMU. Sin exagerar, puede afirmarse que no supieron qué hacer con ese tozudo, de baja estatura (petizo), que sin ponerse los brazos detrás de la espalda los sorprendía con sus movimientos propios del tablero de 64 casillas.

Como tantos otros y otras tuvo que salir del país. Recaló en el Consejo Mundial de Iglesias (CMI). Allí lo fueron a buscar desde el Consejo Nacional de Iglesias de los Estados Unidos (CNI/EEUU) y de su Servicio Mundial de Iglesias, con sede en Nueva York.

Bolioli III

Tenían un alucinante problema. Habían avanzado en posturas progresistas, pero se encontraban en un cuello de botella de cómo continuar esa proyección. La preocupación era cómo ahondar y vitalizar lo que se llamaba vida y misión de las iglesias. Le ofrecieron la relación con América Latina y el Caribe. Algo así como Ministro de Relaciones con el continente. Le dieron cancha abierta para jugar el partido.

En 1982, a los 47 años, ya estaba relacionado con numerosos movimientos ecuménicos del continente -la gran mayoría de ellos funcionando fuera de la esfera eclesial- organizándolo bajo el Proceso San Pablo (PSP), nombre de la ciudad brasileña donde se concretó la iniciativa.
La premisa fue efectuar sus trabajos con absoluta autonomía del CNI, es decir las decisiones se tomaban en las bases. A su vez Bolioli obtuvo que representantes del PSP estuvieran en el seno de las reuniones del CNI. El uruguayo hasta tuvo el tupé de llevar a niños y adolescentes, participantes de los movimientos latinoamericanos/caribeños, a las sesiones del CNI para que escuchasen de boca de ellos y ellas sobre sus luchas y las vivencias de sus existencias.

Surgió una nueva forma de practicar el ecumenismo y de relaciones con las fuentes donantes. Estamos hablando de organizaciones de trabajo con niños y niñas de la calle, del movimiento campesino, de jóvenes, de luchadores y luchadoras barriales, de asociaciones de prostitutas, de revitalización de aborígenes y otros que sería largo de mencionar. Una producción de la diversidad social donde se debatía y acordaba, se peleaba y se luchaba y se convenía en los montos que recibía cada organismo con expreso compromiso de dar cuenta de sus usos.

A la par, Bolioli visitaba Cuba regularmente con ayuda diversa, acordada con el gobierno cubano y tuvo una decena de entrevistas con Fidel Castro con quien polemizaba hasta del protestantismo. Inédito le llevaba pastores de las iglesias del CNI a Cuba, con estricto permiso oficial del gobierno de Estados Unidos, que nunca sabíamos cómo los conseguía.

Era visitante habitual a Honduras, donde se desarrollaba una lucha social de calibre. Se entrevistaba con diversidad de organizaciones en Colombia incluida la FARC y ELN. En Guatemala, dada la influencia de los evangelicales estadounidense que repartían plata a diestra y siniestra, ejerció una introducción sutil y directa que produjo el respeto de organizaciones campesinas y las FARC, al punto que fue nominado para estar en el final de los Acuerdos de Paz, instancia que declinó para que entrara el representante de la Iglesia Católica Romana no por su compromiso sino por su visibilidad.

Tuvo una participación esencial en el caso del “niño balsero”, Elián González. Entre las variadas actuaciones al respecto comprometió al CNI/EEUU a que apoyara fuertemente el caso y logró que el CNI pagara a uno de los mejores abogados estadounidense para defender a Elián.

Bolioli IV

La Comunidad Teológica de Honduras interpretó cabalmente la participación de Bolioli en su país creando la Cátedra Teológica Oscar Bolioli. En su compromiso con los aborígenes promovió reuniones en San Cristóbal, México, teniendo la sentida amistad del gran obispo católico romano Samuel Ruiz y llevando a los participantes de esos encuentros a centros del zapatismo en las montañas, con la asistencia y guía de unas comprometidísimas monjas canadienses.

Su gestión en el CNI/EEUU finalizó un poco más allá del 2000 cuando se jubiló, después de idas y vueltas con las posturas de esa organización produciendo la duda si el apartamiento de Bolioli fue por simples cuestiones de poder o porque el CNI no aguantó los desafíos que presentaba el Proceso San Pablo que, por su forma de gestión y convicciones, colocaba serios interrogantes a la postura, ya conservadora, del CNI.

Al regresar definitivamente a Uruguay Bolioli optó por activar en las organizaciones formales. Así su rol en la IMU y otras instancias eclesiales uruguayas. Discutí con él en varias oportunidades esa posición. Me pareció que escondía su ADN más importante. Acepto que aun cuando amé y sigo amando Uruguay, entiendo que para un argentino no es fácil comprender las idas y venidas del país de Artigas. Sin embargo, sigo pensando que se esconden situaciones sustanciales como ese periodo de Bolioli, de dos décadas, en la construcción de un movimiento que era la iglesia que hoy se necesita, pero que no aparecía como tal porque las instituciones eclesiales no la reconocían. Todavía persiste el adentro y afuera que, en no pocas ocasiones, es la excusa para recortar la osadía que proviene del evangelio.

En esa óptica rescato las palabras de la intendenta Ana Olivera al declararlo Ciudadano Ilustre de Montevideo, el 5 de julio de 2013. “Hombres como Bolioli no solo son necesarios, sino que por su honestidad, humanidad y capacidad de trabajo son un ejemplo a hacer conocer y seguir”.

Las palabras de Bolioli agradeciendo el reconocimiento reflejan su ser “Lo que se pudo hacer fue con más de uno, con muchos, y quiero expresar, en primer lugar, mi reconocimiento a aquellos compañeros de la iglesia que fueron presos, a los que pasaron por la tortura. Quiero expresar mi admiración por ellos”. + (PE)

SN 206/17

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