Colegio Newman: los otros abusos

Colegio Newman

Por Alejandro Dausá

Cochabamba Bolivia

En estos días ha vuelto a los titulares de prensa el colegio Cardenal Newman, debido a denuncias por numerosos casos de abuso sexual, ocultados además por un ex director. Antes fue en ocasión de la asunción del actual presidente argentino. Resulta sugestivo, por tratarse de un establecimiento que procura mantener bajo perfil, sobre todo fuera de los exclusivos círculos en los que se mueve.

Entre 1962 y 1970 fui alumno de esa institución, en tiempos en los que aún era regentada por la congregación de Hermanos Cristianos de Irlanda. Todavía hoy recuerdo por lo menos a cuatro de ellos que se distinguían por el ejercicio de violencia física contra los niños o adolescentes que desobedecieran normas. Castigos que incluían puñetazos, golpes aplicados con reglas de madera, humillaciones públicas, e incluso provocaciones a sesiones de boxeo en el caso de estudiantes de cursos superiores. Los energúmenos aludían a costumbres “pedagógicas” de su país de origen.

Había sin embargo otro tipo de abuso, más sutil, que consistía en borrar absolutamente cualquier interpretación de la fe que tuviera connotaciones relacionadas a la justicia social. De esa forma, el catolicismo impartido se reducía al cumplimiento de ciertos rituales, y a cientos de horas de adoctrinamiento memorístico y desencarnado.

En ese tipo de ambiente, del que me aparté al cumplir quince años, sólo logro hacer memoria de dos religiosos que se diferenciaban en el aspecto que menciono, sobre un total de veinte o veinticinco. El primero, un hombre muy mayor, afable, que cada sábado realizaba en solitario un trabajo catequético-pastoral en la Villa 31, y que con cierta timidez nos invitaba a acompañarlo a aquella realidad. El otro era joven y de origen norteamericano; inquieto y con mucha más conciencia social, duró poco como docente y partió a Perú, donde se involucró con sectores empobrecidos de Arequipa y posteriormente en una agencia alternativa de prensa ligada al cristianismo liberacionista.

El resto de los religiosos, una potente mayoría, era funcional a los intereses de la clase social a la que servía, sin levantar jamás algún tema o cuestión que pudiera irritarla. Ciertamente una triste paradoja, ya que el propio Edmund Rice, fundador de la congregación, había dedicado buena parte de su vida a grupos marginados de Irlanda, luego de renunciar a una exitosa carrera como empresario. Lamentablemente, la historia de las congregaciones religiosas católicas dedicadas a la enseñanza nos muestra que en numerosas ocasiones nacieron para atender a comunidades excluidas, y luego fueron mutando hasta renegar de su carisma fundacional.

Uno de los resultados de ese tipo de mutaciones es muy visible hoy en Argentina, con una serie de funcionarios públicos que se precian de haber sido alumnos del colegio Newman. Conforman una suerte de camarilla o cofradía que se destaca no sólo por su insensibilidad social, sino por su descomunal y tenaz desprecio por los más débiles y desprotegidos. Siniestro producto de una educación que exaltó la violencia del poderoso, sumándola a una religiosidad ritualista, frívola y hueca, ubicada en las antípodas del mensaje y la práctica de Jesús de Nazaret. + (PE)

Alejandro Dausá, argentino, reside actualmente en Bolivia.

SN 211/17

 

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