Premio Manuel Rojas reconoce la narrativa del asombro de Hebe Uhart

Hebe-Uhart

Autora secreta durante décadas, la cuentista, novelista y cronista de 81 años fue galardonada en Valparaíso, superando a finalistas como Fernando Vallejo y Héctor Abad Faciolince. 

Por décadas, fue una escritora secreta. Su nombre circulaba entre escritores y lectores como un dato seguro, aunque enigmático: “¿Leíste ya a Hebe Uhart?”, se preguntaban, y lo que seguía era una invitación a dar con algunos de sus libros, casi todos publicados en pequeñas editoriales, y luego quedar sorprendidos por la simpleza y calidad de sus cuentos.

Y relatos había por montones, porque Uhart, una profesora de la ciudad de Moreno nacida en 1936, empezó a publicarlos en 1962. “Es la mejor narradora argentina”, llegó a decir Fogwill, cuando el velo empezaba a levantarse. En 2010, Alfaguara la presentó al gran público al editar la antología “Relatos reunidos”. Y ahora se dio otro paso para su reconocimiento, esta vez en Chile: la escritora ganó el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas 2017.

“Exageró Fogwill. Era muy temperamental, era muy caprichoso”, dice riendo Uhart, al teléfono desde Buenos Aires, horas después de que en el Parque Cultural de Valparaíso se anunciara el veredicto del jurado que integraron los escritores argentinos César Aira y Martín Kohan; el mexicano Jorge Volpi, y los chilenos Alejandra Constamagna y Ramón Díaz Eterovic. Como premio, la escritora obtendrá 60 mil dólares y un diploma que le entregará la Presidenta Michelle Bachelet.

Aunque Uhart se reconoce emocionada, aún evalúa lo que sucedió: “No me hago mucho la idea todavía de que soy premiada. Después recibo el premio, hago unas notas y ya me haré la idea. Me hizo fumar un cigarrillo demás, eso sí. Fumo cinco por día y hoy ya van seis”, dice.

Otorgado desde 2012, el premio Manuel Rojas ha recaído antes en Aira, Margo Glantz, Horacio Castellanos Moya, Ricardo Piglia y Rubem Fonseca. Esta vez el jurado también consideró a autores como los colombianos Fernando Vallejo y Héctor Abad Faciolince.

Sobre la ganadora, anotaron en el acta: “Hebe Uhart se ha definido como una persona que mira, y cuando dice mira quiere decir escucha. Quiere decir que los relatos de la veintena de libros publicados desde 1962 hasta la fecha siguen una línea que no se guía por el impacto de los acontecimientos, sino por el deseo de captar el detalle, almacenar en la memoria el microcosmos contemplado y, recién entonces, traer las historias de vuelta como si estuvieran ocurriendo ahora en este mundo y el lector las escuchara en tiempo real”.

Autora de libros como “Dios, San Pedro y las almas” (1962), “La elevación de Maruja” (1974), “Viajera crónica” (2011) y “Un día cualquiera” (2014), Uhart puede ser ubicada nominalmente en la generación del boom latinoamericano. Pero de la grandilocuencia de ese grupo no tiene nada: sus relatos y novelas, como también sus crónicas, surgen a partir de detalles, personajes raros, y su simpleza a veces parece imperfección. “No se parece prácticamente a nada”, dice Volpi, y Costamagna complementa: “Como se ha dicho, tiene una ‘mirada marciana’: tiene una especie de nuevo asombro por aquello que de tan visto ya deja de asombrarnos. Sus cuentos no son redondos ni perfectos, y en eso se adelanta a trabajar con lógicas no rígidas que superan los géneros”.

“Es un poco una marginal”, dice Aira. “Siempre hizo lo que quiso, no estuvo en ninguna corriente. Siempre fue casi como una niña que escribe sus fantasías. Estos años ha hecho unos libros de viajes que mantienen esa tónica minimalista, infantil, una mirada de una niña asombrada que va por el mundo descubriendo las cosas”, añade. A ello, Kohan suma: “Su recorrido en la literatura argentina siguió un camino injustamente demorado, como pasa muchas veces con una literatura que es muy buena y al mismo tiempo atípica. Circuló durante años entre los lectores de un modo sigiloso, siempre admirativo”.

“Mejor tarde que nunca, qué se yo”, dice Uhart ante el reconocimiento tardío. Prefiere no opinar sobre su supuesta mirada asombrada en la escritura o eso de ser una autora de culto. “Eso que lo digan los otros”, añade.

Y sobre su relación con la poderosa tradición de la narrativa argentina, hace una finta: “Mi maestro es un uruguayo, Felisberto Hernández. Es una persona que me ha deslumbrado mucho. Me ha acompañado. Los escritores, decía un amigo, son como todas las personas; algunos son para tener en casa y otros para salir: Borges es para mostrarlo, para salir con él, mientras que Felisberto Hernández es para la intimidad, para amarlo”, dice la escritora que, después de ser admirada tantos años en secreto, ahora sale definitivamente a la luz. (PE/Nodal)

Publicado por Nodal, extraído de Economía y Negocios, Chile, el artículo fue editado por Mercurio, Chile, el 2 de agosto, bajo la firma de Roberto Careaga C.

Foto Eduardo Carrera – Revista Anfibia

SN 266/17

 

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