“Angelelli era un mártir prohibido”

 

Perez Esquivel Caritas“Tenemos que rescatar la lucha, la presencia y la coherencia de vivir el Evangelio junto al pueblo y los mártires”, dijo Adolfo Pérez Esquivel al participar del homenaje al obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, a 41 años de su asesinato por el terrorismo de Estado. El viernes 4 se realizó una misa en la Catedral bahiense y luego el Premio Nobel de la Paz compartió una charla con los sacerdotes Juan D’amico y Renzo Adami.

“Argentina tiene un martirologio enorme que hay que recuperar porque los mártires son semillas de vida, no son muertos. Estas semillas de vida son las que le dan sentido a la fuerza de la iglesia, a la fuerza del Evangelio”, afirmó Pérez Esquivel en la sede de Cáritas.

Desde el 1 de agosto la muestra “Angelelli en tiempo presente” del Centro Nueva Tierra está en Bahía Blanca llevando el testimonio del obispo riojano a colegios, ferias e instituciones. Las actividades fueron organizadas por agrupaciones cristianas de las iglesias Católica y Metodista y culminarán el sábado a las 19 con una celebración ecuménica en Belgrano 355.

El Premio Nobel de la Paz fue declarado Huésped de Honor por el Concejo Deliberante de Bahía Blanca

Pérez Esquivel firmó en Cáritas una réplica del mural que pintó en la Iglesia Santa Cruz.

Reunion Caritas

-¿Cómo conoció a Angelelli?

A Angelelli creo que lo conocí en el año 74 cuando viajé a La Rioja. Yo ya era representante del Servicio Paz y Justicia en América Latina, entonces estaba tomando contacto con los obispos, las organizaciones indígenas y campesinas en todo el continente. Y aquí en Argentina comencé a hacer la recorrida de algunos obispos que sabíamos que estaban en la línea de Medellín, de Vaticano II, que tenían la opción por los pobres, por los más necesitados, pero que también tenían una visión distinta de ser iglesia, iglesia pueblo de Dios, pueblo que camina, que construye, que se libera.

Así es como nos encontramos en La Rioja. Con él después hicimos en la camioneta Chilecito, ahí estaban algunos sacerdotes de su diócesis que pertenecían a la fraternidad de Carlos de Foucauld, entre ellos Roberto Queirolo que era uno de los sacerdotes que trabaja de carpintero. Conversábamos sobre distintos temas, él siempre muy atento, tratando de escuchar y de comprender qué era lo que le proponían.

Estábamos generando una red de apoyo a nivel continental, desde México a la Patagonia. Y Angelelli, como así después visité a (Jaime) De Nevares, a (Miguel) Hesayne, a Vicente Zaspe -el arzobispo de Santa Fe- y también a gente de las iglesias Metodista y Luterana, explicando un poco cuáles eran los contenidos nuestros del Servicio Paz y Justicia.

Y así fuimos tratando de comprender un poco el caminar de la iglesia riojana y esta nueva fuerza que surgía en toda la iglesia latinoamericana después del Vaticano II y Medellín. Hubo una renovación no solo eclesial, sino que comenzaron a surgir las Comunidades Eclesiales de Base y esto era lo que importaba en un momento muy difícil de América Latina, porque en esa época se estaban imponiendo dictaduras en todo el continente, eran momentos muy duros, de represión, estoy hablando ya del 74, en el 73 fue el golpe en Chile. Nosotros estábamos recibiendo refugiados chilenos que pasaban por la cordillera, iban a Mendoza, después los recibíamos en Buenos Aires y los ayudábamos a encontrar un tercer país de opción.

-Cuando se menciona el asesinato de Angelelli se hace hincapié en que se dirigía a denunciar los homicidios de dos curas. ¿Qué de su tarea pastoral o de su vida lo hacía peligroso para el poder, para la dictadura?

El Evangelio siempre es peligroso, ¿no? Porque busca los cambios frente a las injusticias. Si uno lee nada más que el Magnífica de María, hoy hubiese sido una desaparecida. El Evangelio en sí es liberador de las conciencias, de las conductas. Y lógicamente que había un movimiento de la iglesia latinoamericana que era renovadora.

Cuando se enfrentaban los poderes denunciando las injusticias, la pobreza, la represión, la marginalidad, eso lo vuelve peligroso. Angelelli era una de esas voces, como había muchas otras en América Latina, sería una larga lista pero voy mencionar a algunos hermanos de caminada como don Helder Cámara, el arzobispo de Olinda y Recife; Don Samuel Ruiz de Chiapas, con él hemos estado en la celda del Petén con los refugiados guatemaltecos, mexicanos, en la Selva Lacandona también; Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca; Leonidas Proaño en el Ecuador, el llamado obispo de los indios.

Pero hay un hecho que es muy tremendo. Yo estaba en el exilio con la familia, así que llegamos a Suiza, de ahí a Austria, Viena, de Viena a Bruselas, de Bruselas a París, pero mi trabajo y compromiso era con América Latina. Entonces me encuentro con Leonidas Proaño, obispo de Riobamba, y me dice: ¿pensás quedarte en Europa? Y yo le digo que no, que mi trabajo es en América Latina. Bueno, me dice: vení a Riobamba que vamos a tener un encuentro de obispos latinoamericanos, van a ir cuatro norteamericanos -que en ese entonces les llamaban hispanoparlantes-, y vamos a ver la pastoral y el trabajo y te podés quedar conmigo en Riobamaba como misionero para trabajar con las comunidades indígenas.

Entonces hablé con la familia y nos fuimos a Ecuador. Llegamos a fines de julio y fuimos directamente a la casa de Santa Cruz. Ahí esperábamos la llegada de los obispos porque el día 8, comenzaba la reunión.

Entre los que tenían que ir de Argentina estaba Angelelli y el arzobispo de Santa Fe, Vicente Zaspe. Yo estaba lavando los platos con el obispo -nos rotábamos el trabajo de atención de la Santa Cruz- y llega una monjita corriendo, alterada, muy apurada y le dice: monseñor, tiene que ir a la diócesis porque dicen que murió un arzobispo que tenía que venir de Argentina. Estábamos en la montaña, bajamos a Riobamba, a la diócesis, porque los militares se habían robado los cables de teléfono también. Llegamos y ahí, a través de Barcelona, nos enteramos de la muerte de Angelelli.

Angelelli era uno de los que tenían que ir pero estaba en duda porque habían asesinado ya a Carlos Murias y a Gabriel Longueville, el misionero francés. Él decía que estaba con muchas dificultades, pero si podía arreglar las cosas aunque sea iba a ir un par de días a Riobamba. Bueno, nunca llegó. Zaspe llegó el día 9 de agosto y nos dijo; ‘miren, hasta ahora no tenemos mucha información, unos dicen que lo asesinaron, otros dicen que fue un accidente automovilístico en el Chamical.

El 12 de agosto un regimiento de soldados ecuatorianos invade la Santa Cruz, con máscaras, con gases, armas largas, ametralladoras, y nos detienen a todos. A los 17 obispos latinoamericanos, a los cuatro norteamericanos, a los teólogos y a los asesores. Nos llevan al cuartel de Quito. Me acuerdo con Zaspe, estaban tirados en el suelo en el cuartel, y me decía: mirá, si esto pasa con nosotros que somos obispos qué es lo que no pasa con los pobres.

Para ese entonces, Ecuador, como toda América Latina, tenía dictadura militar. Estoy hablando del 76. Ahí vimos que esto fue el Operativo Cóndor, que era la internacional del terror, en el Cono Sur fundamentalmente. Pero por primera vez se da una represión así tan brutal y violenta contra los obispos, los pensadores, los teólogos de todo el continente. Fue un escándalo internacional, a Proaño cuando lo separan del grupo le dicen: esto es una reunión subversiva, clandestina. Él dice: no, todos estaban legalmente. Pero ustedes tienen documentos subversivos. Les dice: sí, nosotros tenemos el documento más subversivo de todos que es el Evangelio, lean lo que dice una mujer, la voz de María, lo que es el Magnífica, ahí van a comprender lo que es la fuerza del Evangelio.

Al día siguiente, somos del primer grupo que nos echan del Ecuador y nos tiran en la frontera de Colombia. Un seminarista colombiano dice aquí cerca hay un convento de monjitas, era de noche, no teníamos documento, ni dinero, teníamos lo puesto y estábamos sucios de ocho horas de jeep. No sé cómo las monjitas nos creyeron cuando golpeamos y les contamos que nos echaron de Riobamba, nos dieron de comer, nos dieron de beber, nos pegamos un baño y tuvimos un colchón para poder dormir.

Todo esto era lo que se estaba viviendo en América Latina. Argentina tiene un martirologio enorme que hay que recuperar porque los mártires son semillas de vida, no son muertos. Estas semillas de vida son las que le dan sentido a la fuerza de la iglesia, a la fuerza del Evangelio.

-En un reportaje dijo que le faltaba coraje a los obispos para reconocer a esos mártires, ¿por qué cree que es así?

Angelelli fue un mártir prohibido. La Conferencia Episcopal en su conjunto no tuvo el coraje de enfrentar a la dictadura, salvo algunos obispos, no podemos meter en la misma bolsa a todos. Hubo obispos que estuvieron comprometidos con la dictadura militar. Hay mucha información. Y hay otros que fueron coherentes, fueron realmente gente extraordinaria como Hesayne, Novak, Jaime De Nevares, Zaspe, Alberto Devoto de Goya con las Ligas Agrarias, el Movimiento Campesino, hizo muchísimo para ayudar.

Y hay otros que fueron diferentes, guardaron silencio por miedo, por complicidad, por lo que fuera. Yo no soy nadie para juzgarlos pero en ese momento la Iglesia institucional no tuvo una posición clara y firme de denuncia de las violaciones a los derechos humanos porque ellos sabían lo que estaba pasando, estoy hablando del 74, ¿o nos olvidamos de las Tres A? Yo me acuerdo que iba a la Nunciatura y nos peleábamos con Pio Laghi, eran unas discusiones terribles cuando les decía: ustedes como representantes del papa tienen que denunciar esto. Me decía: que quiere que haga, yo soy el representante del papa aquí y no puedo hacer lo que los obispos argentinos no quieren hacer.

-¿Y ahora?

Hay cambios que se van dando en la iglesia. Creo que ahora hay un compromiso social mucho más claro que en esa época. Y creo que también hay mayor conciencia, hay muchos obispos de esa época que ya no están, pero hay como una renovación y creo que esto se acentúa un poco más desde el papado de Francisco.

Por ejemplo, a Bergoglio lo atacaron duramente aquí cuando asumió como papa. Yo estaba en ese entonces en Italia, estaba en Padua, a unos 200 y pico de kilómetros de Roma, y con la BBC de Londres tuve que salir a decir esto no es así.

Bergoglio en esa época no era obispo, era superior de la orden de los Jesuitas. Hay una carta de Yorio y de Jalics que es bastante dura contra Bergoglio, dice que no hizo lo suficiente para sacarlos. Pero ellos estuvieron cinco meses y lograron sacarlos. Cinco meses en la época de la dictadura, yo tuve apoyo de conferencias episcopales, de presidentes y estuve dos años y cuatro meses. Lo que hicieron para sacar a los dos sacerdotes fue bastante rápido. Jalics después se reunió con Francisco, Yorio falleció, pero creo que en el caminar de la Iglesia, todavía no está muy bien analizado todo esto, hay muchas luces y sombras. Hay sí algunos trabajos de investigadores sobre Plaza, sobre Bonamín, que sí fueron cómplices de la dictadura, esto fue muy claro, pero no se puede generalizar, cuando se habla de la Iglesia todos somos Iglesia, no únicamente los obispos.

Cuando uno ve el caminar hay muchos laicos, muchos sacerdotes, muchos religiosos y religiosas que no solo estuvieron presos. Las religiosas francesas Alice Dumont y Leonie Duquet, Murias y Longeville en Chamical y tantos otros. Ayer justamente escribí sobre un sacerdote que estuvo preso en la misma prisión que yo, en la Unidad 9, que es Raúl Troncoso que está en Tandil, y pasó por las torturas, un montón de cosas, sobrevivió como sobreviví yo, pero creo que tenemos que rescatar la lucha, la presencia y la coherencia de vivir el Evangelio junto al pueblo y los mártires. (PE/Cáritas Bahía Blanca)

SN 279/17

 

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